SALVO QUE los gobiernos acaben por creerse sus propias mentiras, es difícil explicar la sorpresa que parece haber producido en las cancillerías occidentales el incontrovertible triunfo de Hamás en las recientes elecciones palestinas. Durante años, Israel, con el apoyo incondicional de EE.?UU. y la vergonzosa pasividad de los gobiernos árabes y europeos, ha desarrollado una estrategia que, ignorando a cualquier interlocutor palestino, se ha reducido a la imposición unilateral de su agenda política. Primero, el obstáculo para la negociación era Arafat, y, seguramente, en el futuro el pretexto para justificar el unilateralismo israelí será la presencia hegemónica de Hamás en las instituciones palestinas. Pero Abu Mazen, cuya presidencia de la Autoridad Palestina ha sido tan celebrada por Bush y Sharon, no ha tenido mejor suerte. Israel lo ha reducido a una figura decorativa, lo ha marginado de toda decisión y de cualquier proceso negociador digno de tal nombre. Simultáneamente, el Gobierno hebreo ha continuado con los asesinatos selectivos, con la construcción del muro de la separación y con los asentamientos judíos en Cisjordania, reduciendo las posibilidades de un futuro Estado palestino a las de un bantustán política y económicamente inviable. En tales circunstancias, el pueblo palestino, sumido en la miseria y la desesperación, carente de horizonte y necesitado de una sólida dirección política -que la vieja Al Fatah, arruinada política y moralmente, ya no le podía proporcionar- se ha decantado masivamente por una organización, Hamás, que había demostrado moralidad y buen gobierno en los municipios, desarrollado una importante labor social, articulado una eficaz red asistencial y acreditado coherencia política. ¿Dónde está la sorpresa? Al aplastante triunfo de Hamás ha contribuido también la grosera intromisión de Washington y Tel Aviv en el proceso electoral. Es el efecto que mis amigos palestinos -en las antípodas ideológicas de Hamás- han denominado el voto de la decencia y la dignidad. Por último, la voluntad estadounidense tras el 11-S, seguida con entusiasmo por Israel, de transformar en confesionales unos conflictos de naturaleza estrictamente política, sobre todo frente al islam, ha encontrado en Hamás la inevitable correspondencia política. Así las cosas, la apertura de un nuevo y auténtico proceso de paz requiere el cumplimiento de varias condiciones. En primer lugar, el reconocimiento de los interlocutores que ambas partes en conflicto han elegido democráticamente. En segundo, la fijación de un objetivo claro, que no puede ser otro que la construcción de un Estado palestino soberano y viable. Y, finalmente, la garantía de que las presiones y exigencias para el cumplimiento de los compromisos recaerá por igual sobre ambos bandos. Porque la presión ejercida exclusivamente sobre los palestinos, como ha venido sucediendo hasta ahora, teniendo en cuenta la asimetría que preside el conflicto, es una desvergüenza inadmisible.