Abstinencia

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

30 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

BERLUSCONI me tiene loca. Hay algo en la candidez de su rostro estirado, en su sonrisa cosmética, que inspira mi ternura. Es encantadora esa manera infantil que tiene de presumir de implantes capilares, cantar con Domenico Modugno, casarse repetidamente con misses y modelos. Además, sus chistes son dignos de un genio del humor negro, xenófobo y sexista. Me recuerdan las absurdas velas del padre Pío en los supermercados del Trastévere, junto a la lejía, y aquellas largas tardes de sol sobre el Ponte Sisto. Aunque supongo que no son chistes. Este fin de semana, nuestro amigo Berlusconi ha superado todas las expectativas de sus fans. A mí desde luego, me ha convencido. Su última promesa de guardar castidad hasta el 9 de abril, día de las elecciones generales, me llena de una ebriedad incrédula, dulzona. Aunque, no voy a negarlo suscita en mí varias dudas insolubles. A saber: ¿habremos oído bien? ¿Qué implica, al fin y al cabo, la abstinencia de don Silvio? Mientras el predicador Massimiliano Pusceddu se esponja allá en Cerdeña, yo, al otro extremo del orbe, conduzco por Río Rancho rumbo a la peluquería. A un lado de la carretera, en esta ciudad levantada en medio del desierto, me saluda un cartel pro abstinencia antes del matrimonio donde un adolescente bastante feo, con una boina esquinada, afirma lo siguiente: «Merezco que esperen por mí». Me pregunto si don Silvio no se habrá confundido de país.