SEIS letras y un punto que cuestan once millones y medio de euros. Casi 320 millones de pesetas por cada uno de los grafemas es lo que acaba de pagar una empresa norteamericana por el dominio de Internet sex.com. Hasta ahora el récord lo tenía bussines.com, el portal de negocios que se vendió en 1999 por 5,7 millones de euros. La industria de la pornografía mueve más dinero que Hollywood. Su adaptación a las nuevas tecnologías es rápida y apabullante, tanto que en los ránkings de lo más buscado en la Red siempre aparecen palabras como sexo, porno, chicas desnudas, lolitas. La operación sex.com no es una secuela de la burbuja tecnológica que tambaleó a las bolsas mundiales hace ya unos años. Es el resultado de una rocambolesca historia judicial y financiera encaminada a dominar un territorio que va a seguir generando beneficios multimillonarios. Que tire la primera piedra el internauta que esté libre de un clic en la zona tórrida. Quién no se ha asomado (o zambullido) alguna vez en esas páginas. Accionando un buscador o inducido por las trampas tecnológicas, que también existen. Cierto que hay avisos sobre lo que te vas a encontrar, pero la sutileza no tiene sitio en este negocio: «La página que está intentando abrir tiene contenidos de carácter marrano. Si eres menor de edad, te pedimos que salgas o se lo contaremos a tu mamá...». Aunque no los valga, sex.com costó 11,5 millones. Y es que, también en el ciberespacio, tiran más que dos carretas.