Adolfo Suárez, los puentes rotos

| GERARDO G. MARTÍN |

OPINIÓN

26 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

DENTRO de pocos días se cumplirán 25 años. Varios compromisarios del congreso de UCD, en Mallorca, donde todos colaboramos a que el invento saltara por los aires, regresábamos a casa. Comprobamos que ya estaba abierto el puente de Rande y expedita la autopista del Atlántico. Pensé en el contraste del que éramos testigos de excepción, de cómo este país veía hundirse al hombre que había tendido puentes entre las dos orillas ideológicas. Todos sabemos lo que vino después: aquel golpe del reaparecido Tejero, que en algunos corrillos en Mallorca nos tomábamos a chacota como presagio, en torno a un personaje con rango de ministro que leía en alta voz, desternillándose, las soflamas de la prensa ultraderechista. Viví las tensiones ucedeas como miembro del llamado grupo de secretarios provinciales del Palace, hotel donde nos reuníamos y a donde en ocasiones llegaban noticias alarmantes sobre maniobras de prohombres que atentaban contra la esencia misma del partido. Hasta que el 29 de enero de 1981, Suárez, por esas razones o las que fueren, tiró la toalla. Aquellos hechos, la convicción que fue creciendo en mi interior de que no teníamos unos votantes centristas, sino mayoritariamente de derechas, como lo era el partido mismo, alimentaron en mí durante meses la decisión de romper amarras. Sin la convicción necesaria y más por compromisos personales, después, cuando había puesto fecha de caducidad a la política para mí, cometí el error de aceptar el encargo de organizar el CDS en Pontevedra. Padecía los mismos males de UCD: algún que otro golfo en la estructura central y entre los que aspiraban a hacerse con el poder en provincias y, finalmente, un castigo inmisericorde a Suárez en las urnas. Di por hecho que el centro se había muerto hasta que, suarista hasta la irracionalidad, leí en una ocasión a Suárez, en el prólogo al libro de un gallego, que hoy el centro reformista está en el PP. No tardé en comprobar que otra vez el hombre de Estado había errado en la visión partidaria.