El peluquero y otros vecinos

OPINIÓN

NO SÉ para ustedes, pero para mí ir al peluquero ha sido siempre ir a un lugar de reposo. Por no mucho dinero te cortan el pelo, te acicalan la cabeza, ejercen sobre ella el cosquilleo justo y si estás de ganas y no quieres silencio y somnolencia te dan conversación de actualidad. Después de unos años de trashumancia, por cese del negocio de la peluquería de toda la vida, he encontrado otra a la antigua en el barrio en el que desempeño mis obligaciones profesionales y paso la mayor parte del día, tras llegar a pie desde el mío, distante lo necesario para caminar lo que recomiendan los médicos. Calidad de vida le llaman ahora a esto. La peluquería la regenta un marroquí de larga data en nuestro país, entrado en años, que hace bien su trabajo porque corta el pelo como tú quieres y no como quiere él. Es servicial, cobra un precio razonable y es limpio y educado. Todo un hallazgo que espero que dure. El local tiene tres sillones redondos y confortables, de esos antiguos que giran, suben y bajan mecánicamente, colocados frente a una pared con espejo corrido y repisa en donde están alineados los utensilios del oficio. Detrás hay un perchero para las prendas de abrigo, una mesa con la prensa del día y cuatro sillas para esperar turno. El peluquero te lava la cabeza echándote agua desde un aguamanil plateado con boquilla de regadera que se trajo desde su Tánger natal. Emplea la justa para mojarte el pelo antes de jabonarte y para aclararte después. Ni una gota de más porque sabe lo que vale el agua, no por su precio, sino por su escasez. La peluquería está en un barrio de esos de toda la vida, de ciudad romana, en el que hay a mano todo tipo de comercio. Sin salir de él ni valerse de coche o transporte público, uno puede comprar aquello que necesita para vivir, desde el condumio hasta la vestimenta y desde las cosas para la casa hasta las del espíritu. Las fachadas tienen cornisas, capiteles, balcones y ventanas con tímpanos y dinteles, y los que dan vida al barrio y lo hacen humano y transitable son gente afable y de siempre. Durante la Navidad, las calles, con árboles y bancos, están iluminadas con guirnaldas de lado a lado y los escaparates rivalizan con sus competidores en buen gusto y precios. Por la noche no se queda desierto y a temprana hora limpian su trozo de acera y te dan los buenos días. ¿Se puede pedir más?