La magia de las palabras

| CÉSAR CASAL GONZÁLEZ |

OPINIÓN

13 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

UNA LIBRERÍA es un refugio, un refugio de palabras. ¿Cómo sería A Coruña de 1904? ¿Cómo sería la librería Regional de Uxío Carré Aldao? En ese lugar se refugiaban del viento frío que corta como navaja de barbero una bandada de periodistas y escritores. Hacían tertulia en una improvisada república independiente de las letras. Unos trabajaban en los tres periódicos estables que había: La Voz de Galicia, La Mañana y El Noroeste . Otros soñaban con decir bidueiro en vez de abedul . Se llamaban Eladio Rodríguez González, Manuel Lugrís... Se les unieron algunos que no precisan presentación como Fernández Flórez, el hombre que hizo de la fraga de Cecebre un bosque animado y que convirtió la crónica parlamentaria en un género literario. Unos y otros dieron el paso en esa librería y pusieron su firma para el nacimiento de la Asociación de la Prensa de La Coruña, hoy centenaria como árbol frondoso. Hay dos palabras que invitan a reflexionar sobbre cómo los periodistas que veían nacer el siglo XX y se agrupaban tienen mucho que ver con los que vemos nacer el siglo XXI y nos reagrupamos. Dice el acta de fundación «ni tardos ni perezosos», dos adjetivos que están en el tuétano de la profesión. Los reflejos para estar en el sitio adecuado en el momento oportuno son el pan nuestro de cada día del periodista. Y la pereza, simplemente, no existe. En una profesión en la que no hay festivos ni fines de semana, no hay lugar para la holganza. A Coruña es una de las ciudades con más periódicos de España, una referencia para el periodismo español. A Coruña y Galicia han hecho descomunal la profesión a nivel estatal. Fueron dos gallegos, uno de ellos fundador de la asociación de la prensa coruñesa, los dos hombres que más dignificaron el párrafo en el siglo XX, para hacer de la información un arte. Fueron dos periodistas gallegos, aplaudidos por todos, los que pusieron la firma en un periódico sobre un pedestal. Me refiero a Wenceslao Fernández Flórez y a Julio Camba. Después se le sumaría el madrileño González Ruano. Pero hay más. Antes de que naciese la agrupación coruñesa, fue un gallego, con calle en A Coruña, el que, en Madrid a finales del siglo XIX, animaba a sus compañeros a unirse. Me refiero a Alfredo Vicenti. Él está en la fundación de la Asociación de la Prensa de Madrid, como está en las direcciones de los mejores periódicos madrileños. Es Alfredo Vicenti quien promueve a otra periodista con calle en A Coruña. Nada menos que Sofía Casanova, una mujer que hizo de la crónica, poema. Sofía Casanova, otra de las nuestras y también, por cierto, académica de honra de la Real Academia Galega, fue la segunda mujer en cubrir como enviada especial un conflicto armado. Esta mujer, cuya vida sería una película en Hollywood, boda con noble polaco incluida, envió crónicas desde las trincheras del frente en la Gran Guerra y llegó a ser candidata al Nobel. La mujer siempre es la que abre caminos. No sabían el tamaño del milagro que daban a luz en aquella librería Regional, en aquella Cova Céltica, los Eladio Rodríguez, Uxío Carré, Alejandro Barreiro... La historia de la prensa coruñesa es una historia de éxito. Pero se reservaban un as en la manga. El repóker del idioma. En aquella misma librería nació, alentado desde la emigración en La Habana, por ejemplo, el espíritu para que se crease la Real Academia Galega en octubre de 1905, otra institución que este año ha soplado cien velas. La Real Academia Galega tuvo entre sus primeros presidentes a dos fundadores de la Asociación de la Prensa de La Coruña, Eladio Rodríguez y Manuel Lugrís. Es la mejor muestra de la cercanía, del contagio fecundo, entre dos instituciones que nacen al calor de los libros, junto a la hoguera de las ideas. Entre el periodista y el escritor son escasas las diferencias. Duermen en la misma cama. Los dos utilizan la palabra, la miman, la aman. No saben vivir sin el lenguaje. Las dos instituciones centenarias llevan un siglo, con todos sus pasos adelante y atrás, defendiendo la libertad para informar y soñar sobre el pliego de papel prensa o sobre la hoja en blanco. Periodistas y escritores multiplican tinta y emoción para que el lector no tenga más remedio que llegar a la última línea y cerrar el periódico o el libro con su conciencia de ciudadano más abierta, empapada como una esponja. Una ciudad sin información, inculta, es una ciudad ciega. En A Coruña el símbolo por excelencia es un faro, la Torre, y es muy normal que dos de las instituciones que han pasado la prueba del algodón de los cien años sean justo las que iluminan horizontes para que la oscuridad no asuste a nadie. La Asociación de la Prensa y la Real Academia Galega tienen un maridaje de hecho. Son hijas de los mismos ideales. Sería bonito que esta unión fraternal entre tinta y libertad durase otros cien años. Que no se deshaga nunca la receta que salió de la trastienda de una librería, como si esa librería fuese, en realidad, una de esas boticas prodigiosas soñadas por Cunqueiro. El mañana, dice el poeta Ángel González, es un mar hondo que hay que cruzar a nado. Sólo nos resta la magia de nadar, juntos, entre palabras. ???? artículo es el ganador de la 66.ª edición del premio Pérez Lugín de la Asociación de la Prensa de La Coruña.