A PARTIR del domingo, el Partido Popular de Galicia va a comenzar una nueva etapa de la mano de Alberto Núñez Feijoo y de todo su equipo. Tendrá que ser casi una refundación, dejando atrás, muy atrás los viejos estilos y el recuerdo de Fraga. Todo parece indicar que no será una tarea fácil, porque tendrá que hacer auténtico encaje de bolillos, con más filigrana que los de Camariñas, para sumar el esfuerzo de las generaciones nuevas, medianas y mayores del partido. También para asumir la extraña herencia que deja su antecesor. Pero además, a Núñez Feijoo y a su equipo se le presenta un nuevo reto: lograr algo que parecería obvio en la etapa anterior, y que es abrir el partido, integrar en el PP a todo ese gran mundo intelectual gallego, de la universidad, de la ciencia, de la educación. Integrar ahora, junto con el gran colectivo sensato del rural, a toda esa cantidad de personas que viven del intelecto, que pueden poner sus conocimientos al servicio del desarrollo de la sociedad gallega, que tienen una gran capacidad de influir positivamente en la sociedad. Ese gran colectivo que está esperando a contar con un dirigente del PP sensato, humano, dialogante, respetuoso, que aprecie la valía intelectual y profesional de la gente, que sea amigo de sus amigos, que sea capaz de ponerse a la altura de todos, sin soberbias, que no les haga jugadas sucias a sus colaboradores. En definitiva, un dirigente del PP que se parezca muy poco al anterior. Al hablar de este reto, no deja de ser paradójico que un hombre como Fraga, catedrático, con todos los posibles galardones académicos que se pueden conseguir, no haya logrado aglutinar a su alrededor a este mundo intelectual, no haya podido integrarlo en el PP. Él debía haber promovido un movimiento de este tipo, pero no pudo; quizás su talante no era el más adecuado para emprender tal movida. La esperanza está en el futuro. Pero aún hay otro reto para el partido mayoritario de Galicia, a partir de la nueva directiva: dar un salto de calidad. Se trata de emprender una política de altura, de proponerse objetivos muy altos, de no discutir casi con los dos partidos minoritarios que gobiernan en la Xunta por menudencias o por frases del Estatuto y tirar por elevación. Es necesario que el nuevo PP dé el salto, queme etapas y consiga que Galicia alcance los niveles de crecimiento para acercarnos a la media europea. No llorar, no mirar al pasado. Hacer un buen proyecto y no cejar hasta conseguir el objetivo. Es necesario que el proyecto sea ilusionante, que los políticos sean creíbles, que se vuelva a tener confianza en las instituciones, en la educación, en la Justicia, en la Administración, en la Xunta. Es muy posible que el bipartito esté preparando el camino y su gestión provoque el deseo irrefrenable en la sociedad gallega de encontrar un auténtico gobierno, como ya sucedió en 1989 con el tripartito. El nuevo PP tiene la posibilidad de abrir una nueva era para Galicia. Esa será su responsabilidad.