No pasa nada

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

SOSTENER, como hicieron Zapatero y Touriño en la cumbre de barones socialistas celebrada en la Moncloa, que no pasa nada si no hay acuerdo sobre el Estatuto de Cataluña, roza la frivolidad política. Cuando la aprobación por el Parlamento de Cataluña del nuevo Estatuto y su posterior tramitación por las Cortes generales ha hecho crujir las cuadernas del bloque político constitucional; cuando la iniciativa estatutaria en vez de consenso ha generado un duro enfrentamiento entre las dos principales fuerzas políticas españolas; cuando por primera vez en 25 años altos mandos militares intervienen en el debate político; cuando surgen por doquier voces que emplazan al Jefe del Estado a sobrepasar sus funciones constitucionales, las afirmaciones de Touriño y Zapatero son cuando menos sorprendentes, y no pueden sostenerse ni siquiera como estrategia negociadora. No sé si, como defienden X. L. Barreiro y Roberto Blanco Valdés, lo mejor para el país sería que el Gobierno tomara la iniciativa, forzando la retirada del texto estatutario por parte de las fuerzas políticas catalanas. Pero sí estoy seguro, contrariamente a lo que sugieren Zapatero y Touriño, de que un fracaso en el proceso negociador del Estatuto tendría un alto coste político. En primer lugar, para el presidente del Gobierno. No debe olvidarse que las posiciones de Zapatero y Rajoy sobre esta cuestión han alcanzado tal grado de antagonismo, y la controversia tal nivel de crispación, que no parece aventurado suponer que ambos dirigentes han fiado su futuro político a la suerte que corra finalmente el proyecto estatutario catalán. No serían menores las consecuencias para el PSOE, que vería cómo se difumina toda su obra social -eclipsada por la dimensión mediática del fracaso-, y constataría cómo aumentan sus divisiones internas al tiempo que pondría en serio peligro el amplio espectro unitario fraguado en el Congreso de los Diputados en torno a su proyecto político. Muy probablemente los socios del Gobierno le retirarían su apoyo y el adelanto electoral -inevitable- se produciría en las peores condiciones imaginables para el partido gobernante. Sin perder de vista que un fracaso del Estatuto, después de lo que ha llovido, puede producir un distanciamiento político y emocional entre Cataluña y España de consecuencias tan imprevisibles como indeseables. No más halagüeño se presenta el panorama para las fuerzas que sustentan al tripartito catalán. Si se vieran forzadas a retirar el texto estatutario asistirían al desvanecimiento de su proyecto estrella, con el que pretenden justificar toda la legislatura. En tales circunstancias, y pese al escaso margen de maniobra de que disponen ambas partes, estoy convencido de que finalmente se cerrará un acuerdo razonable sobre el Estatuto. Así pues, tal vez convendría recordarles a los responsables de este proceso la frase que Jesucristo pronunció ante sus jueces, cuando éstos estaban enfrascados en la discusión de su premeditada sentencia: «Lo que tengáis que hacer, hacedlo pronto».