EN LOS peores días de aquella crisis, el Gobierno se desentendió del Prestige y lo entregó a una empresa de rescate holandesa con la condición de que lo mantuviese a cien millas de distancia de la costa. La firma Smith -ese era el nombre- remolcó el barco hacia el norte hasta que las autoridades francesas descolgaron el teléfono rojo y amenazaron a las españolas si el petrolero subía más allá de Ortegal. Entonces, sus costas de Bretaña quedarían a tiro del chapapote que perdía el petrolero. Los franceses querían que nos lo comiéramos solitos. El Prestige viró al sur y se hundió frente a las Cíes. Los residuos les llegaron igualmente a los galos. Ellos, muy cucos, ahora recurren al único implicado visible; el Estado español. Los demás, armadora y fletadora incluidas, desaparecieron. De risa.