A ESTAS alturas de la estampida del precio del petróleo, que ha alcanzado máximos históricos en 2005, ya no hay ningún especialista solvente que tenga la osadía de afirmar que el encarecimiento fue una consecuencia de la guerra de Irak. A pesar de los sabotajes a oleoductos la oferta iraquí es superior hoy a cuando empezó la guerra, al tiempo que Arabia Saudita y los emiratos aumentaron el bombeo diario en cinco millones de barriles. Y tanto es así que ha calado con suficiente intensidad en la opinión, correcta esta vez, que el incremento del precio del crudo lo provoca la demanda creciente y estructuralmente alta de algunos países, verbigracia, China. Pero, visto que a finales de diciembre de 2005 el Índice Dow Jones Europa 600 reconquistó los máximos de cuatro años antes, el temor a un choque energético -que tanto espanta a mercados, empresarios y consumidores- parece desvanecerse como los fantasmas a las claritas del día. En efecto, detrás de este reconfortante despegue bursátil alienta el recorte del precio del petróleo. Es importante señalar que el descenso fue inducido por el desplome del 10% de la cotización del gas natural, que en tres días consecutivos bajó de precio el 23%. El invierno relativamente templado en EE.?UU. provocó una contundente reducción de la demanda de gas natural que arrastró a su vez la cotización del petróleo en el mercado de futuros. ¿Entramos por tanto en una zona de bonanza a resguardo de una crisis energética? Me temo que no: 2006 bien pudiera ser el primer año de la historia en que el barril alcance los 100 dólares. Y de ahí para arriba. Teóricamente, el precio de los recursos no renovables, y de forma paradigmática el petróleo, se determina por lo que los economistas llaman «la regla de Hotelling». Al esqueleto de este modelo elemental se le puede añadir una musculación analítica poderosa en la que cabe incluir la incertidumbre, tanto respecto a las reservas explotables, como a los costes de extracción, como a la demanda futura. Aun así, estamos lejos de poder predecir el precio futuro del petróleo. Sin embargo, algo sabemos. Nos aproximamos, a distinta cadencia según opiniones, a lo que los geólogos llaman el «pico de producción» o «pico de Hubbert». Dicho pico, cenit o máximo, corresponde al punto en el que la producción de petróleo alcanza su máximo. A partir de ahí, declina inexorablemente hasta el agotamiento total al tiempo que los costes de producción se disparan. Es decir, aunque el fin de las reservas conocidas está previsto para dentro de 40 años, el choque, en términos de aumento de precio, será antes. Los más pesimistas sitúan dicho pico hacia el 2008, mientras que los más optimistas -compañías petroleras y la Agencia Internacional de Energía- entre 2025 y 2030. Jean Laherrère, reputado científico de Total, lo sitúa entre 2010 y 2015. Téngase en cuenta, por otra parte, que entre 1993 y 2003 las reservas descubiertas alcanzaron 160.000 millones de barriles, mientras que la producción, en el mismo periodo, se situó en 250 mil millones. Respecto a 2006, las previsiones concernientes al incremento de la demanda de petróleo lo sitúan en el 2%. Dada la inelasticidad de la oferta en el corto plazo, cualquier fenómeno coyuntural que afecte a esta, o a la demanda, desencadenará una especulación galopante que llevará, o mucho me equivoco, el precio del barril a los míticos 100 dólares. *Una versión ampliada de este artículo podrá consultarse en el Anuario de La Voz (febrero, 2006).