La alternativa es la enseñanza libre

PEDRO ARIAS VEIRA

OPINIÓN

02 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

DECÍA Pierre Bourdieu que el sistema educativo reproduce y legitima entre los jóvenes las desigualdades que hay entre sus padres. Los ricos, los cultos y los influyentes disponen de un capital sociocultural paralelo al circuito educativo que facilita las ventajas profesionales de sus hijos frente a los de las familias menos favorecidas. Para que el sistema educativo fuese equitativo y fértil, fundado en el esfuerzo reflexivo y motivado del joven, se pensaba que sería necesaria una revolución en la sociedad. Sin embargo, cuando se hicieron los cambios más radicales del siglo XX, los dirigidos por socialistas, comunistas y tercermundistas, los resultados fueron los sistemas educativos más desiguales, dogmáticos y estériles de los tiempos modernos. Se suponía que una sola escuela, pública, estatal e igual para todos, cuyos contenidos y métodos fueran fijados por el Gobierno, cumplirían los ideales pedagógicos de Rouseau; pero se llegó a la peor de las pesadillas. Los únicos privilegiados fueron los hijos y miembros de los dirigentes revolucionarios, a los que Volensky retrató magistralmente en su gran libro La Nomenclatura . Lo demás fue naufragio. Nuestros progresistas de todas las siglas no han aprendido nada de la historia real. Sigue defendiendo el modelo de enseñanza intervenida y dirigista, pública o concertada, estatal o autonómica; el perfilado por los políticos electoralistas de turno con sus sabios de gabinete, para distorsionar el desarrollo moral e intelectual de nuestros hijos. Mientras que ellos, como los nomenclaturistas de Volensky, adoptan un modelo hipócrita; mala educación para el pueblo y elección selectiva -en colegios de élite, universidades americanas o cualquier otra distinción académica-, para su propia prole. La solución no es el pedante cambio global de sociedad, sino el modesto cambio específico de modelo educativo. Precisamente aplicándole las alternativas ya probadas para el progreso humano. Hay que consagrar la libertad de iniciativa educativa y reconvertir los existentes como colegios y universidades libres, con programas, métodos y contenidos propios. Y que cada centro, empresa, asociación o cadena educativa, compitan en creatividad para mejor ajustarse a las condiciones individuales de cada joven, para incorporar los avances científicos y pedagógicos, y mejor descubrir los talentos diferenciados de cada joven. El Gobierno debería limitarse a dar becas y aportar fondos a los que tienen menos recursos, pero que ellos elijan libremente el centro al que ir. Los profesores mejorarían en reconocimiento colectivo e ingresos personales. La educación es muy valiosa, la gente la sitúa en su prioridad de gasto y apreciación humana; y además la presión política y social obligaría a que el Estado también lo hiciera. Pero con unas pautas muy diferentes a las actuales. O caminamos por esta senda o seguiremos instalados en el fracaso recurrente, el botellón y la mentira.