HUBO UN tiempo en que los pasajeros del viejo Shanghái llegaban a Barcelona con el rostro tiznado y el cuerpo roto después de 40 horas de viaje. Muchos gallegos todavía se acordarán. Hoy, Renfe se encarga de que bajo ningún concepto de modernidad podamos olvidar que las comunicaciones ferroviarias de Galicia son de otro tiempo, mientras los políticos se llenan la boca con promesas de un tren que unirá cualquier ciudad gallega con Madrid en menos de tres horas. La avería del Estrella Galicia en Palanquinos nos remite a las peores vivencias viajeras de un país en blanco y negro. Menos mal que Renfe «movilizó todos los recursos disponibles» en cinco horas de espera: contra las gélidas temperaturas, mantas. Hace cuatro décadas no hubiera sido peor.