EUROPA entera está de fiesta. Porque aunque la Navidad es la celebración más extendida del mundo, y la que más implica a los hombres y mujeres que reconocen su llamada, ninguna otra cultura está tan cerca de los hechos y los símbolos de la fe que conforman los mensajes y la estética de esta época del año. Desde mediados del siglo IV, cuando se produjo la sacralización cristiana del solsticio de invierno, la conmemoración del nacimiento de Cristo se hace bajo la invocación de la paz. Y, aunque la visión profana de la vida y de la historia domina ya la sociedad de Occidente, todos nos sentimos obligados a encarnar la Noche de Dios en nuestras reuniones familiares y en las muestras de solidaridad y amistad que prodigamos hacia los que nos rodean. La cristiandad medieval, en los albores de Europa, creó y generalizó la liturgia y los símbolos de la Navidad. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, hemos convertido la pequeña aldea de Belén, con su portal y su pesebre, en una representación simbólica de nuestros pueblos y ciudades y de nuestras propias casas, como si el Niño Jesús hubiese llegado al mundo aterido por nuestro frío, necesitado de nuestros cuidados y relegado a la severa condición de inmigrante sin papeles. Por eso me parece tan correcto decir que la Navidad es una parte esencial y determinante de nuestra cultura, como afirmar que fue nuestra civilización la que hizo una Navidad a su medida. Porque ambas expresiones reflejan la cosmovisión de una Europa que nació cristiana y que, en medio de una crisis religiosa de enormes proporciones, emerge como tal a cada instante. Si hubiese que encontrar un hecho de común aceptación, en el que se haga patente la identidad de los pueblos y naciones que se extienden entre el Finisterre y los Urales, sólo podríamos invocar el nacimiento de Cristo, que, con la pequeña diferencia que marcan los calendarios católicos y ortodoxos, nos hace coincidir a todos -creyentes y no creyentes-en un canto misterioso y profundo a la gloria de Dios y a la paz de la tierra. Por eso hay algo de irracional y esquizofrénico en este tiempo que intenta celebrar la Navidad al margen de su esencia religiosa, como si se tratase de un movimiento social, de naturaleza espontánea, que nada tiene que ver con la historia de la Salvación. Nuestros buzones se llenan a diario de extrañas tarjetas en las que, valiéndose de versos fuera de contexto, nos felicitan por nada. Yo, en cambio, les quiero felicitar por el nacimiento de Cristo. Porque así lo aprendí de mis padres. Y porque me resulta más fácil creer y proclamar la historia de Belén que redactar una tarjeta de Navidad que niegue en esencia la propia Navidad.