CREÍAMOS que EE.?UU. veía con recelo el fortalecimiento de la Unión Europea y que frenaba su avance hacia una unión política. Creíamos (hace muy poco) que Francia y Alemania constituían un eje capaz de contrarrestar ese «efecto freno» estadounidense con su férrea voluntad de hacer de la UE un gigante político (y no sólo el gigante económico y comercial que es). Pero el tiempo está empezando a poner las cosas en su sitio. Ni EE.?UU. nos ponía una zancadilla insalvable ni el eje franco-alemán tenía la determinación y la energía suficientes para sacar adelante una Europa políticamente más unida y, por ende, más relevante en un mundo multipolar. Ésta es la realidad. Nosotros mismos nos bastamos, con nuestra miopía y nuestra mezquindad, para meternos la zancadilla e impedirnos avanzar. Véase la reciente y lamentable discusión de los presupuestos europeos: un desfile de pequeños egoísmos carcomiendo la solidez del gran proyecto. ¿A quién le echaremos la culpa esta vez? Al empedrado, está claro. No nos queda otra habilidad... Y digo esto con pena. Porque la realidad es que quiero gritar lo contrario, gritar que la UE es el proyecto de convivencia más hermoso y ambicioso del mundo. Pero ¿puede hacerse esto sin rozar el ridículo?