NO SÉ qué pensaría el conselleiro de Economía si, a la hora de analizar los presupuestos de nuestra comunidad autónoma (9.911 millones de euros), me dedicase a mirar si sus complejas cuentas benefician a Forcarei, o si la inversión por habitante en Terra de Montes nos equipara con la Terra Chá. Tampoco sé qué harían ustedes con este artículo si, en vez de hablarles de Galicia, de sus problemas territoriales y sociales o de su economía, les hablase de la pista que une Leboso con Quintillán, del área de recreo de Ponte Freixeira o de la restauración del molino de Avelino dos Chamosas. No sé, repito, qué podría pensar de mí el conselleiro. Pero es muy probable que pensase lo mismo que pienso yo de él cuando, a la hora de analizar los presupuestos de la Unión Europea (862.360 millones de euros), me habla de los euros que le tocan a Galicia, o de la ventaja comparativa que tiene Andalucía. Porque entre Forcarei y Galicia hay la misma relación que entre Galicia y Europa, y porque todos sabemos que un análisis fragmentado y territorializado de las políticas generales puede llevarnos a las conclusiones más disparatadas. Si Galicia hace bien las cuentas, y si administra con rigor sus recursos, a Forcarei le irán bien las cosas, aunque tenga que reajustar coyunturalmente sus presupuestos y su financiación. Pero si Galicia se gobierna mal, y no puede crecer en su conjunto, de poco nos vale que la Terra de Montes reciba un 5% de financiación adicional o una subvención para arreglar el palco de la música. La madrugada del sábado no fue buena para Galicia o para España por haber ganado, en palabras de Bono, una colosal batalla. Lo único que cabe celebrar, si realmente ocurrió, es que la crisis de Europa empieza a tocar fondo, y que todos parecen haber entendido la urgente necesidad de renovar la arquitectura constitucional de la UE. Porque nuestro gran objetivo no consiste en mantener la condición de Objetivo 1 y recibir un puñado de euros procedentes de una UE paralizada y empobrecida, sino en formar parte de una Europa dinámica que nos arrastre hacia el progreso social y económico. Por más que todos lo hagan, y por mucho que parezcan rendir los discursos populistas, no hay nada más triste que ver a un político actuando de caja reductora, para explicar en términos aldeanos y ventajistas lo que sólo puede y debe explicarse como una operación política de enorme trascendencia para los europeos y para el mundo. Y por eso no le arriendo la ganancia a Zapatero si, en vez de presentarse ante sus ciudadanos como uno de los grandes impulsores de la nueva Europa, intenta demostrar que es más listo que Aznar o que ha resucitado el Cid Campeador.