ANTE EL atraco que supone el precio del petróleo, los españoles (y seguramente el resto de los europeos) nos dividimos en tres grupos. Grupo A: el formado por agricultores, pescadores, transportistas y otras minorías de afectados. Grupo B: ocupado por dos inquilinos de gran poder e influencia, que son las compañías eléctricas y el casi monopolio del gas, muy de actualidad por ciertas compras u ofertas de compra agresivas. Y grupo C, donde estamos usted y yo. Es decir, el resto de los ciudadanos encasillados en confuso tropel. Los primeros sufrieron de forma brutal y directa el impacto de los precios en plena cuenta de resultados y sin parachoques. Para amortiguarlo, no tuvieron más salida que la protesta. Con riesgos para los intereses de los demás ciudadanos, cerraron puertos, cortaron carreteras e hicieron peligrar el abastecimiento. Pero, con la excepción de determinadas organizaciones agrarias, papá Estado supo responder y restablecer la paz con cargo a los presupuestos públicos. Aunque las protestas hayan rozado el límite de lo tolerable, el Estado no podía hacer otra cosa. Las eléctricas y los gasistas no cortan carreteras, porque está mal visto. Su especialidad es llorar. Han inundado los despachos oficiales de llanto por su situación financiera. Las rebajas de precios a que les obligó Aznar para hacer del PP el «partido de los consumidores» ha dejado sus arcas temblando. Subieron los costes de producción, pero muy poco las tarifas. Hay un desfase de tesorería de cientos de miles de millones de euros. La sequía disminuyó la producción hidroeléctrica y hubo que echar mano de las térmicas, con lo caro que está el combustible¿ Y así, con ese rosario de razones, convencieron al ministro de Industria -que no debe ser tan rojo como parece- de que necesitaban actualizar el recibo, y el señor Montilla se ha mostrado generoso: subirán la luz y el gas más que la inflación del año 2005. Ya somos un poquito más pobres. El sector energético vive tensiones especulativas grandiosas. Por Fenosa se pagó más de lo que estaba dispuesto a pagar el capital gallego. En torno a Endesa se está librando la batalla económica más dura que se recuerda. Pero esta sensación de opulencia no impide que los consumidores les tengamos que echar una mano. En el mercado valen cantidades espectaculares. Para sobrevivir, dependen de mi pequeñísimo recibo. Y ahí aparecemos el grupo C: la tercera clase de españoles, en todos los sentidos. ¿Qué nos queda? Lo de siempre: pagar. A los que tenemos el privilegio de contarlo en una crónica quizá nos pidan comprensión. Pues bien: la mía la tienen. Un kilovatio de comprensión es más barato que un vatio de luz. Pero que no me pidan entusiasmo.