Males imaginarios

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

14 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EL ESCRITOR angloirlandés Oliver Goldsmith subrayó la paradoja de que «nos empeñamos en crear males imaginarios, cuando es sabido que nos vamos a encontrar con muchos reales». Algo así nos está ocurriendo ahora. A los males reales (no muchos, por fortuna), sumamos tal cantidad de males imaginarios que la resultante es -no podía ser de otro modo- una generalizada desconfianza. En la Unión Europea cunde el pesimismo, sobre todo después de la ocurrencia presupuestaria británica, tan predecible. En España decrece la confianza en una Constitución que hasta ayer era nuestro mejor logro, y que ahora empieza a ser vista como algo a revisar. Nuestra economía va bien (según las cifras que nos dan), pero existe la percepción de que se avecina un futuro menos bonancible. La inmigración era una parte más de nuestro progreso, pero, después de lo que ocurrió en Francia, empezamos a verla de otro modo, como algo más problemático. Y ya no entro en la opa hostil de Gas Natural sobre Endesa, que alimenta toda clase de sospechas de intervencionismo público o gubernamental. ¿Son todos males imaginarios? Casi. Porque el Reino Unido no está intentando nada que no haya intentado en tiempos de mayor optimismo, esto es, reducir la Unión Europea a un gran mercado común. En cuanto a nuestra Constitución, goza de buena salud, aunque algunos racaneen su entusiasmo para emitir no se sabe qué sutiles reticencias. ¿Y qué decir de nuestra economía? No es la mejor, pero fluye por encima de la media comunitaria, con un horizonte relativamente despejado. Respecto de los inmigrantes, nuestras fronteras siguen siendo un coladero y nadie protesta, luego nada debe de ir mal. Y de Gas Natural y Endesa, ¿acaso no resulta apasionante esa lucha en la que nos posicionamos sin entender de qué va ni cuáles son nuestros intereses en ella? Yo prefiero que Endesa siga como está, pero, si me atosigasen con preguntas, no sabría argumentar con solidez por qué. Así es. ¿Males? Los tenemos. No me olvido de ETA, ni de los riesgos que se le atribuyen al proyecto de Estatuto catalán. Pero creo que los peores son los males imaginarios, porque alimentan un pesimismo soez y estúpido.