UN ACUERDO aceptable para todos sobre las perspectivas financieras de la Unión Europea para el período 2007-2013 sería, sin duda, un notable éxito que permitiría renovar el impulso que perentoriamente necesita un proyecto europeo que, tras los referendos de Francia y Holanda, atraviesa una grave crisis y discurre sin rumbo preciso al albur de poderosas fuerzas disgregadoras -internas y externas- a las que la Unión Europea, incluso en su estado actual, les parece ya demasiado integrada y demasiado poderosa. Pero el Gobierno del Reino Unido, que este semestre ostenta la presidencia de turno de la Unión, parece decidido a profundizar la crisis europea. En efecto, la propuesta presupuestaria británica, en las antípodas de las necesidades europeas, ha sido rechazada con gruesos calificativos por el resto de los países en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores preparatoria de la decisiva cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que se celebrará la próxima semana, y en la que un desacuerdo sobre esta relevante cuestión pondría en grave riesgo el proceso deconstrucción europea. Por desgracia, esta situación no representa una novedad en la Unión Europea. Al contrario, siempre que se discute una cuestión trascendente, sea ésta la política presupuestaria, el modelo social o la política exterior, surgen en el seno de la Unión dos posiciones difícilmente compatibles. Una, encabezada por Francia y Alemania -ahora también por España- que considera que la UE dispone de la masa crítica suficiente para medirse a los gigantes mundiales y, en consecuencia, reclama autonomía y voz propia que le permitan actuar con un peso proporcional a su poder económico, tecnológico, demográfico y militar. Otra, liderada por el Reino Unido que estima que Europa debe ser un simple espacio de librecambio, vicaria de EE. UU. en lo político y dependiente de la OTAN en lo militar. Diversos analistas consideran muy probable que esta paralizante escisión se mantenga hasta que las diferencias sean de tal magnitud que Europa deba escoger entre su autonomía o su definitiva sumisión a Washington. Existe, sin embargo, otra alternativa: la división de la Unión en dos bloques. Cada día son más numerosas las voces que consideran imprescindible permitir a los Estados que deseen trabajar juntos, como complemento a las políticas comunes, que lo hagan. Es lo que ya sucedió con la moneda única, con la libre circulación de personas en el espacio Schengen y con diversas iniciativas en el campo de la defensa. En esta perspectiva encajan las recientes declaraciones de Jacques Chirac: «Francia jamás aceptará ver a Europa reducida a un espacio de librecambio. El modelo europeo es la economía social de mercado, su contrato es la alianza de la libertad y de la solidaridad, y los poderes públicos garantizan el interés general». El presidente francés concluyó su alegato proponiendo que los miembros de la eurozona -a la que no pertenece el Reino Unido- profundicen en su integración política, económica y social. Aviso a navegantes.