Un gesto de tranquila audacia

| JOSÉ RAMÓN AMOR PAN |

OPINIÓN

HOY se cumplen 40 años de la clausura del Concilio Vaticano II. Sin duda, fue el concilio de la alegría, la esperanza, la ilusión y el sentido común. Fue también el concilio de las sorpresas, empezando por su inesperada convocatoria. En 1958 los cardenales habían elegido al anciano y campechano Juan XXIII pensando en un pontificado de transición, destinado a suavizar los traumas del largo reinado de Pío XII. Por eso mismo, el anuncio de un concilio desconcertó a casi todos. Una decisión libre e independiente, que no estuvo precedida ni de negociaciones diplomáticas ni de consultas eclesiásticas formales. Una acción profética. Un nuevo Pentecostés. En un gesto muy plástico, el Papa señaló que había que abrir las ventanas para que el aire fresco y renovado entrase en la Iglesia católica. No fue convocado para condenar, sino para renovarse por dentro y salir de la inercia de siglos, proporcionando una dimensión creativa y liberadora a la acción pastoral de la Iglesia, que tenía que dejar de sentirse el gendarme del mundo. La gente -no tanto los obispos ni la curia vaticana- captó en la iniciativa del anciano Papa un acto preñado de vitalidad, leyó en él un signo de confianza en el futuro y en el progreso. El concilio fue como las compuertas de un embalse que se abrieron a una teología que estaba reprimida: resulta curioso constatar cómo, en gran medida, los que hicieron el concilio habían sido objeto de incomprensión y hasta persecución por parte del gobierno eclesial. Piénsese, por ejemplo, en Congar o De Lubac. Por desgracia, tras el primer susto y desconcierto, volvió el círculo de buitres. Despacio, pero volvió. Y volvió sediento de nuevos desgarrones, de nuevas venganzas, intentando llevar las aguas a donde estaban antes del concilio. En estos 40 años ha habido mucha frustración porque una parte nada despreciable de las intuiciones y de los dinamismos del Vaticano II fueron sofocados por una restauración conservadora. Juan Pablo II fue un gran Papa, pero al volcarse tanto hacia fuera con su política de viajes descuidó el gobierno interno y ello contribuyó mucho a que el clericalismo volviese a anidar en los palacios apostólicos, dando lugar a una alarmante estrategia de nombramientos episcopales muy grises y poco dados a preocupaciones renovadoras, miedosos y recelosos, y a una nueva política de delaciones y persecuciones. Muy triste, porque se perdieron muchas oportunidades. Ahora, en estos días de conmemoración, querríamos vivir un momento de recuperación, de escuchar de nuevo al espíritu de Jesús y dejarnos llevar por su impulso para que, una vez más, resucite la esperanza y la alegría en el seno del catolicismo y, así, éste contribuya una vez más a sembrar paz, justicia y reconciliación en medio de esta humanidad, tan necesitada de ellas como aquella de la guerra fría. Se nos emplaza, una vez más, a continuar la obra de Cristo, quien vino al mundo para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido.