DON EDUARDO Zaplana Hernández-Soro es, como quizá sepan los lectores, el portavoz en el Congreso del grupo Popular. Es un hombre valeroso, que ejerce su papel con denodado entusiasmo. Fuera del escaño, por consentimiento o mandato de su jefe Mariano Rajoy, ha decidido convertirse en el azote del socialismo. Comparte labor con don Ángel Acebes, como si ambos corrieran una carrera de relevos. Es difícil saber cuál es más contundente en sus criterios, pero ambos coinciden en considerarlo la encarnación de todos los males y desgracias que sufre este país. A juzgar por sus declaraciones, don Eduardo Zaplana oye cada mañana la radio, lee los diarios y, según lo que publican, elige el tema para vapulear a Zapatero, a algún ministro o a todos los ministros a un tiempo. Como ustedes pueden imaginar, la tarea sólo requiere algún criterio de selección, porque desde las páginas de política a las de sucesos los medios sirven un variado surtido de asuntos para agredir. Ayer, sin ir más lejos, periódicos y ondas parecían la carta de un restaurante preparada para una degustación de la célebre pareja Acebes-Zaplana: que si la ETA se burlaba de Zapatero, que si Moratinos estaba en África mientras Europa decide su presupuesto, que si Carod mandaba a sus cachorros a arrancar hojas de la Constitución... Como todos los días. No parecía ni que estuviéramos de puente. ¿Y qué hizo don Eduardo Zaplana, a quien tocaba por turno chutar a gol contra la portería de Zapatero? Para que ustedes valoren debidamente su ingenio, hay que reconocer su talla y admitir que estuvo más avispado que sus fuentes de inspiración. Mientras los medios se quedaban en el efecto burla a ZP, Zaplana descubrió el horrendo fallo del ministro del Interior: ¡José Antonio Alonso no había comparecido a dar explicaciones de los petardos de ETA! El portavoz del PP lo dijo con esta contundencia: «Es la primera vez que se ponen siete bombas y el ministro del Interior no comparece». ¡Jorobado problema! ¿Cuál es el mínimo de bombas exigible para forzar a un ministro a hablar? ¿Si fuesen sólo seis no tendría obligación de hacerlo? ¿Y si hubieran sido ocho? Con ocho artefactos habría que exigir, supongo, la explicación del presidente. ¿Y con cinco? ¿Sería bastante la explicación de un director general? Y sobre todo, ¿qué diría don Eduardo Zaplana, qué le pediría al Gobierno si ETA, en vez de colocar petardos, hubiera cometido un atentado mortal? Perdonen los lectores estas absurdas preguntas, pero es que hay algo tan peligroso como los terroristas: quien agranda y exagera sus atentados. Eso también debería estar penado como delito de apología.