EL SUR también existe: eso ha proclamado el vicepresidente de la Xunta en cuanto ha conocido la fuerte inversión prevista por la Unión Europea en el puerto exterior de punta Langosteira. Quizá en el apuro de salir a la palestra, no ha tenido el líder del BNG tiempo bastante para mostrar su alegría por una noticia excelente para todos y se ha limitado, por ello, a reivindicar que el Estado asegure una inversión equivalente en el interior y el sur gallegos. Pero como la reacción de Quintana es más propia de un opositor que de quien ocupa la Vicepresidencia del Gobierno, habrá, por fuerza, que buscarle alguna explicación. La más sencilla, y también la más piadosa para él, es que el vicepresidente actúa movido por los celos. Su salida de pata de banco no sería, así, más que la tosca expresión de lo que sufre Quintana cuando le va bien al presidente, es decir, a su Gobierno. ¡Pues estamos aviados!, dirá el queridísimo lector: puede, sí señor, que estemos aviados. Aunque puede también que la cosa sea aún peor, y que la exigencia de Quintana sobrepase su obsesión por pisarle los talones a Touriño. Puede, en efecto, que Quintana esté sencillamente convencido de que el principio con el que debe hacerse política en Galicia es el que nuestra clase política ha aceptado ya, de forma universal, como principio a aplicar en la política española: el de que el interés general no existe. O, lo que es lo mismo, el de que el interés general no es más que la suma resultante de un equilibrio clientelar entre los intereses particulares en conflicto. El tipo de líder coherente con esta forma de ver la política -gallega o española- es el del repartidor-conseguidor. Un líder ése que, lejos de asumir que su obligación es la de tomar decisiones estratégicas pensando en el futuro del conjunto, entiende su labor como la un cabo furriel: lo mismo para todos... pero algo más para la tropa de mi pueblo. Quintana pide inversiones compensatorias en el sur y el interior, pero no aclara dos extremos esenciales: para hacer qué cosas y para hacerlas en qué sitio. Lo primero no resulta baladí, dado que el dinero público es siempre limitado y no parece que el mejor criterio para invertirlo sea el de la compensación territorial. Lo segundo apunta a un problema crucial en el que quizá Quintana no ha caído todavía: que, ya puestos, no sólo había que compensar norte, sur, este y oeste de Galicia, sino también los cuatro puntos cardinales de cada ciudad y cada pueblo, en un descenso que sería, en verdad, a los infiernos. Sí, a los infiernos del localismo y el caciquismo que la nueva Xunta tenía como programa erradicar.