El subcomandante Marcos

RAMÓN CHAO

OPINIÓN

28 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

HE DE CONFESAR que si yo tuviera bemoles (me refiero a los viriles, que musicales me sobran), seguiría el ejemplo del subcomandante Marcos, el agitador, díscolo, revolucionario o como quieran llamarlo, más envidiable que conozco. El día en que irrumpió en la historia el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el 1 de enero de 1994, me encontraba yo en Santa Marta de Colombia con el grupo Mano Negra y el Tren de Hielo y Fuego. Inmediatamente festejamos la entrada de un ejército de varios miles de indios mayas, en su mayoría desarmados y con el rostro cubierto por pasamontañas, en cuatro ciudades importantes del estado de Chiapas. ¿Cómo no suscribir la declaración de Lacandona, por la cual los insurgentes se comprometían a luchar «por el trabajo, la tierra, la alimentación, la salud, la educación, la independencia, la libertad, la democracia, la justicia y la paz»? ¿Cómo no compartir estos principios, enunciados además cuando entraba en vigor el Alena, acuerdo de libre intercambio alentado por los EE.?UU. y destinado a suprimir las fronteras entre este país, México y Canadá, pero únicamente para las mercancías y no para las personas? Pasaron los años, unos tres o cuatro, y las relaciones entre el sub y yo se fueron acercando. Por una parte, llegué a saber por Carmen Castillo y otros documentalistas que iban a entrevistarlo, que se informaba de la actualidad internacional por los programas de Radio France Internationale, que yo dirigía. Llegamos a entablar una amistad lejana y progresiva gracias a conocidos que viajaban de un continente al otro, entre ellos Ignacio Ramonet y mi hijo Manu, quien pasó unos días con él en la selva. Así me aproximaba cada vez más a este militante que se deslizaba desde un marxismo-leninismo de sus inicios a un altermundialismo pacífico en el que estábamos nosotros. Terminó de convencerme el texto programático que envió en 1997 a Le Monde Diplomatique titulado La cuarta guerra mundial ha comenzado ; es decir, la globalización financiera, y nos invita a resistir contra ella. Al final de la guerra fría, el capitalismo inventó un horror militar: la bomba de neutrones, que destruye la vida a la par que deja los edificios impecables. Sin embargo, aún faltaba por descubrir una maravilla, decisiva en esta cuarta guerra mundial: la bomba financiera, que además de arruinar a la nación impone terror, miseria y muerte a sus habitantes El resultado de la explosión no es un montón de ruinas hirvientes, o miles de cuerpos inertes, sino megápolis comerciales e hipermercados planetarios como los que se han despertado en Francia en las últimas semanas. Todo esto lo expone el sub en un castellano remozado y sorprendente que ha atraído la atención del público y los editores. Al final de la larga marcha desde la selva Lacandona a la capital del México, nos reunió a cuatro o cinco personas en su cuartel general. Estábamos Danielle Mitterrand, José Bové, el humorista Wolinski, Bernard Cassen (fundador de Attac), no sé quién más y yo. Cada cual fue dando su parecer sobre el zapatismo. Yo me quedé rezagado, pues nada tenía que añadir a tantos análisis sesudos y elogiosos. «¿Y Ramón Chao qué piensa?», dijo él dirigiéndose a mí. «Pienso que tus comunicados son de una calidad literaria excepcional». «Es el mejor elogio con que me podías premiar». Acaba de salir en París una película titulada El ejército desarmado, en la que se relatan las penas, alegrías y anécdotas de este viaje, desde San Cristóbal de las Casas hasta el Zócalo de Ciudad de México. Llegará a España, sin duda. No se la pierdan.