¡QUÉ ASTUTO es José Bono! Como tenía que viajar a Venezuela, a firmar el contrato Chávez, planteó al Consejo del pasado viernes que ese viaje sea una decisión colegiada del Gobierno. Y después, esa noticia se filtró. ¿Qué pretendía Bono con esa declaración del Gabinete? Dos cosas: una, curarse en salud después del episodio de Paco Larrañaga, donde Exteriores salió a decir que lo conseguido por el ministro de Defensa ya lo había logrado Moratinos en septiembre. Otra, no quedarse con la imagen de que ampara a un dictador. El primer supuesto es una muestra de la salud interna del Gobierno, donde a veces saltan los cuchillos. El segundo es la prueba de la dificultad de asumir un negocio con Chávez. Hay un tercer aspecto en esta historia, no menos apasionante: la capacidad de España para una venta de material militar a un enemigo de Bush. El incontinente Chávez presentó la compra como «una nueva derrota de Estados Unidos». Es decir, como un nuevo éxito en su campaña contra el imperio. Y Estados Unidos, que es un león que no está para que le pisen el rabo, enseñó los dientes: esa venta sería un gesto inamistoso, un peligro para la paz y un conflicto de royalties , porque la tecnología de esos barcos y aviones es americana. Cualquier solución era mala. Era ingenua la disculpa de que esas naves no tienen armas. Sería malo suspender la operación, porque perjudicaría nuestros intereses. Y era arriesgado mantenerla, porque anularía los pequeños avances hacia la normalización de relaciones. Simplificando al máximo los criterios, se enfrentaron negocio y diplomacia. Elevándolos al máximo, se enfrentaron diplomacia e independencia nacional. ¿Les suena exagerado? No lo es tanto. España tiene la obligación de mantener buenas relaciones con los grandes. No puede permitirse el lujo de irritar a una gran nación como la americana. Pero, a su vez, esa gran nación no puede dedicarse a impedir una operación comercial. Si consiguiera que nadie vendiese esos aviones a Chávez, magnífico; pero es seguro que, si España hubiera anulado el acuerdo, alguien le vendería los aviones y las fragatas, y probablemente otro aliado de Bush. Estamos, por tanto, ante un caso de cinismo, que responde más a la aversión que provoca Chávez y a las pocas ganas que tiene Bush de dar facilidades a Zapatero. Pero el contrato se firma. Ha sido un buen negocio económico para España, pero un dudoso negocio político. Ha triunfado la tesis de la soberanía, y se ayuda a la industria nacional en crisis. Ha ganado la realpolitik . Quedan dos dudas: ¿cómo va a reaccionar Estados Unidos? Y ¿nos venderán tecnología para nuestros ejércitos? No lo sabemos todavía. Pero le hemos vuelto a pisar el rabo al león.