NO PUEDE pasar desapercibida la llegada de Ángela Merkel a la Cancillería alemana. La máquina que tiraba del tren europeo se averió hace unos seis años. La Alemania Federal que tuvo que deglutir a la Alemania del Este, de cuyo Gobierno formó parte la señora Merkel, sufrió una larga y pesada digestión. El convoy comunitario se quedó así en vía muerta, porque ningún otro país fue capaz de tomar el relevo alemán. Ahora, con el cambio de máquina, se ofrece una nueva oportunidad para poner en marcha el tren europeo. Pero ya no son doce, ni quince los vagones, son veinticinco y de muy variada clase; los hay de primera o preferente, como se dice ahora; también los hay de segunda o turista, y en la cola se han enganchado los antiguos de tercera. ¿Qué piensa hacer la canciller Merkel? Por lo de pronto, sin grandes discursos y con una sencillez ejemplar, esta hija de un clérigo protestante, investigadora de física nuclear, ha asumido el reto de poner en marcha Alemania primero y después Europa. Se ha propuesto sanear la hacienda pública en el interior, y en el exterior, hacer que la UE recupere su vigor. Para esto tendrá que luchar con tanto burócrata bruselense que ha perdido el contacto con la realidad de los pueblos que componen Europa. Un detalle: en su primera visita a Chirac, se bajó del coche oficial delante del presidente francés, y como nadie cerraba la puerta del automóvil, la cerró ella misma con toda naturalidad.