O Moriles o Montilla

| GERARDO G. MARTÍN |

OPINIÓN

24 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EN LA PUBLICIDAD nos permitían, al menos, optar por uno u otro: «O Moriles o Montilla». Aunque en el fondo sea igual: los dos vinos están en la misma denominación de origen. De Montilla, el ministro que se nos ha subido a la cabeza, es indubitable que es secretario de un partido, el PSC, favorecido por la Caixa con la condonación de los importantes intereses de un crédito, y al propio tiempo, como ministro de Industria, tiene potestad para proponer o resolver sobre cuestiones importantes que atañen a la entidad crediticia. A pesar de eso, dicen, tenemos ministro para largo. Si la política no estuviera tan viciada, tan lejos de las formas democráticas, no habríamos llegado a la situación actual, en la que los Zapatero boys se empeñan en presentarnos al ministro como paradigma de todas las virtudes. La vicepresidenta ha hecho una valoración muy positiva de los meses de gobierno de este hombre hasta ahora relativamente discreto, compañero de viaje de Pascual Maragall, a la vez que colaborador directo de la Moncloa, lo cual exige habilidades sin cuento. El problema no está en que Montilla se haya lucrado, que yo no tengo por qué creerlo, ni siquiera sospecharlo, simplemente porque no tengo elementos de juicio para tal cosa. La gravedad del asunto radica en su incompatibilidad, algo que es puramente virtual en los ambientes políticos. Ni de lejos es el único incompatible, pero en su caso es manifiesto que lo es: a partir de ese momento, no habría que esperar a que la oposición lo denunciara, sino que de las entrañas de su propia formación política tendría que salir la decisión: alejarlo de su responsabilidad ministerial. No sólo por aquello tan socorrido de que la mujer del César tiene que parecerlo, además de ser honrada. También para que de una vez podamos creer que en los partidos se toman las decisiones en beneficio de los intereses generales y no por otras razones. No se trata de que complazcan al PP, el asunto está en demostrar que se actúa desde una posición ética, hija del buen talante.