LA REFLEXIÓN no es mía, la oí el martes en un bar (uno de esos lugares donde antes estaban las noticias). Tras conocerse la votación que situó a Angela Merkel al frente del Gobierno alemán, dos hombres discutían acaloradamente sobre las ventajas e inconvenientes de la Grosse Koalition entre democristianos y socialdemócratas para sacar el país adelante y no caer en una confrontación que, por fuerza, situaría al bando gobernante en manos de una minoría. El acaloramiento, en verdad, no tenía nada que ver con Alemania, como pronto descubrí. En realidad estaban debatiendo la posibilidad de que algo similar pudiese ocurrir en España, para evitar coacciones minoritarias. Uno de los hombres sostenía que, en nuestro caso, nada de eso era posible «porque ni el PP ni el PSOE tienen el sentido de Estado que tienen los democristianos y los socialdemócratas alemanes. Aquí sólo tenemos inmovilistas y radicales, y así nos luce el pelo». Su posición era clara, a pesar de los exabruptos que la salpicaban. Le parecía deseable que el PSOE y el PP se entendiesen y formasen una gran coalición o, cuando menos, que suscribiesen un pacto de Estado que tuviese vigencia fuese quien fuese el que ocupase el poder. Pero con la misma claridad sostenía que aquí eso era imposible «porque cada uno quiere hacer su experimento de aprendiz de brujo». Su oponente estimaba muy contraindicada una coalición en España, por los muchos peligros que conllevaba, el peor de los cuales sería el desgaste de las dos fuerzas mayoritarias y el crecimiento de los partidos nacionalistas y bisagras. Sin embargo, sostenía que no era imposible tal coalición, si se daban una serie de circunstancias que, por cierto, no citó, no sé si porque son un misterio o porque son obvias. «Lo que es bueno para Alemania puede no ser bueno para nosotros, pero nada impide avanzar en esa dirección si se considera que es la mejor para España», dijo. El resto se lo pueden imaginar. Uno, erre que erre con que era imposible, pero deseable. Y el otro, erre que erre con que era posible, pero no deseable. Sin embargo, lo más llamativo fue el interés con que los demás los escuchamos. Ojo a los vientos que soplan de Berlín.