PERIÓDICAMENTE el Instituto Galego de Estadística nos recuerda quiénes somos, cómo somos y qué hacemos por ser diferentes. En su periódica encuesta sobre nuestras condiciones de vida traza un retrato que casi siempre nos sorprende. Por desfavorable. Porque contradice no sólo lo que podemos pensar de nosotros mismos sino también los mensajes de optimismo que nos trasladan con tanta frecuencia, según los cuales Galicia vive en la mayor de las felicidades. La encuesta nos dice lo contrario. Que aumenta el desequilibrio entre las zonas más ricas y las más pobres, que las familias que residen en la costa ingresan un 25% más que las del interior, que han aumentado el 23% las parejas sin hijos, que más de la mitad de los hogares llegan con dificultades a fin de mes y que el 40% de las familias tienen como principal fuente de ingresos las pensiones. Lo que evidencia que cada vez somos más los mayores y que esta tendencia aumenta. O lo que es lo mismo, que a este paso tenemos un futuro, cuando menos, incierto. A la vista de estos datos se hace urgente un cambio radical en los comportamientos. Hay que dejar de hablar de ciencia ficción. No se puede mantener el discurso de que éste es un país próspero y competitivo que apuesta decididamente por el desarrollo y la innovación. No podemos seguir poniendo como ejemplo de nuestra situación actual a las cuatro o cinco empresas que son pioneras en sus sectores. Y sobre ellas levantar el análisis de euforia y optimismo. Eso no es real. Aquí tenemos dos Galicias. La de la prosperidad, que tanto nos gusta pregonar, pero que no existe. Y la real, que es la que nos muestran los estudios. Y para llegar a la próspera lo primero que debemos hacer es creernos la que existe. Sólo así la podremos cambiar. Por ahí hay que empezar. Por creernos que esto no es el Olimpo. Ya quisiéramos.