En nombre de Dios

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

22 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

EL MOLDE geopolítico construido después de la Segunda Guerra Mundial se ha roto definitivamente. Con la desaparición de la Unión Soviética, el duopolio político en el que se basaba el viejo orden mundial se ha transformado en un monopolio de la potencia estadounidense. Pero después del 11-S las fuerzas unilateralistas y autoritarias que hoy dominan la sociedad política americana han convertido el liderazgo estadounidense en una hegemonía de hecho y, bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo, han desencadenado una ofensiva sin precedentes de la política imperial norteamericana. En todos los ámbitos -político, económico, ambiental o militar- lo que prevalece no es la obligación colectiva internacional, ni la idea del derecho cosmopolita universal, considerado por los conservadores que gobiernan en Washington como una pieza de museo, sino el exclusivo interés de EE.?UU. Pero quizá lo más sorprendente de toda la secuencia histórica que estamos viviendo sea el retorno de Dios a los campos de batalla. Resulta asombroso comprobar cómo los teólogos que rodean a Bush e inspiran a Bin Laden justifican su cruel carnicería en nombre de la misión redentora que dicen defender frente a sus malvados enemigos. Desde luego, no es nada nuevo que EE.?UU. se sienta como pueblo elegido o un nuevo Israel . Pero sí lo es que Bush, con su retorno al Antiguo Testamento -no al del Cantar de los Cantares, sino al del ojo por ojo y de la guerra preventiva del Libro de Ester -, haya logrado unir en la misma persona la cabeza de la derecha religiosa y la de presidente de EE.?UU., para proclamar sin rubor que todas sus grandes decisiones políticas responden a un mandato divino. Es un paso sin precedentes que refleja los cambios sociorreligiosos operados en un país en el que, según numerosas encuestas, la mayoría de los votantes de Bush creen en un segundo advenimiento y que el mundo acabará en un apocalipsis. El presidente norteamericano lo cita a menudo en sus discursos. De castigo y venganza trata, pues, este nuevo republicanismo que aunque habla de compasión, no considera que ésta sea una faceta que incumba al Estado. Así pues, a las arengas de los extremistas religiosos judíos y musulmanes se unen ahora las de quienes, como el presidente estadounidense, han convertido a Dios en un condominio del complejo militar-industrial norteamericano y de los magnates petroleros de Tejas. Según esta perversa y pintoresca visión, Faluya, Guantánamo, Abu Ghraib, el uso de armas químicas prohibidas o las cárceles secretas que EE.?UU. tiene diseminadas por todo el mundo se convertirían, a lo sumo, en inevitables consecuencias de la voluntad divina. De nuevo, como tantas veces a lo largo de la historia, los actos de barbarie se cometerán en nombre de Dios.