BERLÍN suele suscitar un instintivo interés por desentrañar sus múltiples rostros, producto de su convulsa historia contemporánea. Han pasado demasiadas cosas que comportaron construcción y destrucción: la ocupación napoleónica y el secuestro de la cuádriga de Brandenburgo, el imperio germano, la efímera República de Weimar, el Tercer Reich, su ruína y hundimiento, las sucesivas y audaces iniciativas de planificación, del plan colectivo de Scharoun, autor de la sede de la Filarmonía, al Berlín dividido física e ideológicamente, con highways a la americana o interminables avenidas rectilíneas pensadas para desfiles militares; la IBA dirigida por Kleihues -de recordada presencia en Compostela-, la reunificación y la restauración como capital, hasta llegar a la última transformación, de tal calibre que la visita de obra se iba dilatando a la espera del resultado final. El fénix existe: es el mago Berlín que resurge de sus cenizas. Los recorridos peripatéticos, ilimitados y llenos de sorpresas, nunca son ociosos, sino intencionados. Como en la literatura y la música, que invitan a revisitar, se impone siempre la vuelta a lo clásico. Schinkel y sus piezas culturales y religiosas; el museo de Pérgamo, que mantiene la concepción tradicional en la exhibición del despojo de las grandes civilizaciones clásicas. La senda de Unter den Linden, los tilos que el otoño vuelve transparentes y envuelven todo en un velo multicolor; los brazos del río Spree, grandes hitos de un territorio donde destaca la ausencia de accidentes topográficos; el esplendoroso parque Tiergarten. El ya clásico estilo internacional, fruto de la aplicación de los principios del Movimiento Moderno; la aburrida arquitectura neoclásico-popular de la zona oriental, la elegante soledad del aeropuerto de Tempelhof... Luego hay que zambullirse sin pensarlo dos veces en la Postdamerplatz, preparados para la tortícolis, pues la cabeza no deja de girar ante tal demasía de acero y vidrio, como queriendo retar a la noche de los cristales rotos. Renzo Piano y Helmuth Jahn han convertido el erial que quedó tras el muro de la vergüenza en gran escaparate de la arquitectura, donde pone orden -menos mal- la manzana de ladrillo de Kollhoff, evocadora de las obras de Sullivan. Creo que el conjunto es excesivo, incluso visualmente incómodo, demasiados objetos banales y franquicias que cambian a su gusto el diseño impositivo. En las reformas urbanas se pueden y deben plantear de entrada todas las propuestas formales, pero luego hay que saber concertarlas urbanística y socialmente. Tanto reflejo y brillo empuja a meterse en el civilizado metro y procurar sosiego en el barrio de Mitte, con su especial melancolía y su arquitectura doméstica, austera, o bien, por no cambiar la onda, buscar el contraste en el semi hipogeo velódromo de Perrault y el crematorio de Schultes. Al fin, la ruta de la perdonanza, la profusión de monumentos del horror, el arquetípico memorial de Eisenman, exhibicionista, turístico, y su contrapunto, el museo judío de Liebeskind. En la torre del holocausto la memoria no admite propaganda, es escueta e inflexible, con el silencio mortal y la luz que se cuela por rendijas como heridas desde un cielo infinitamente lejano, igual que en el jardín del exilio con sus prismas de hormigón florecidos en lo alto. Qué decir, en cambio, del museo de la resistencia alemana, humilde y casi olvidado. Alemania aún tiene pendientes algunos difíciles ejercicios de la recordación.