¿Tampoco ahora?

| UXÍO LABARTA |

OPINIÓN

HUBO y hay guerras de religión, y de ellas no fue menor la que se produjo en Francia entre católicos y protestantes alrededor de 1572, año en que Montaigne comenzó a escribir sus Ensayos . En un ambiente de conflicto religioso, la familia de Montaigne era singular. Su padre, comerciante y alcalde de Burdeos. Su madre, descendiente de familia sefardí sometida a las acciones de la Inquisición. La educación liberal y el ambiente familiar permitieron opciones religiosas diferentes: él, católico; dos de sus hermanos, protestantes. Quinientos años después de la noche de San Bartolomé, las diferencias entre católicos y protestantes, desde la perspectiva del dogma, apenas aparecen como secundarias. Como en la familia de Montaigne. El problema, tampoco entonces, era el credo, sino el poder. El conflicto siempre se sustenta en la gestión de la ortodoxia, en el control de las conciencias. La intolerancia religiosa, la intolerancia política. Afanes de poder, en los que la organizacion eclesial vivió siempre enredada. Por eso se reconoce tan antigua la actual controversia de la vida política. Así no se resolverá el problema enunciado: la enseñanza. Quizá sea importante una religión computable a efectos académicos, será cierto que la libertad de los padres en la elección de centro de enseñanza es un derecho fundamental, e incluso esa sutileza jurídica que pretende que la ley no considere la enseñanza un servicio público porque, al amparo de tal concepción, se legitima al Estado para garantizar el acceso en igualdad. Pero los preocupantes diagnósticos sobre el sistema de enseñanza me temo que no se resolverán atendiendo a esas reivindicaciones de quienes se oponen al proyecto de ley en discusión. Enseñar y aprender son capacidades, actitudes y aptitudes individuales. Tareas que comprometen al docente y al discente. Actores principales en continua transformación, paralela a la del conocimiento y la organización social. Universalizar la enseñanza a toda la sociedad es responsabilidad colectiva. También de gobernantes y legisladores, de sus acciones de gobierno y de sus leyes. Porque la enseñanza compromete a personas. Plurales, complejas, cambiantes. Más allá de la tradición del poder. Para su emancipación.