EL BARÓMETRO del CIS debe de haber causado más de un resfriado. Porque al presidente del Gobierno lo vapulea con dureza y al líder de la oposición no lo deja como podría esperarse. Ni los unos, ni los otros, pues, quedan bien parados en este muestreo. Aunque los unos se empeñen en destacar la caída de los otros, y los otros, la escasa valoración de los unos. El otoño es una época tristona. De siempre. Las vacaciones de verano son sólo recuerdo y el invierno se echa encima. Y ese clima de pesadumbre y nostalgia se debe de reflejar con facilidad en las encuestas. Sólo así se entiende que los españoles tengamos tan mala opinión del Gobierno, tan mala opinión de la oposición, tan mala opinión de la situación económica y tan mala opinión de la política. Pero dentro de esa melancolía otoñal, el barómetro del CIS coloca a cada uno en su sitio y confirma las sospechas de que el Gobierno está en caída libre y que el partido de la oposición no aprovecha ni mínimamente ese descalabro. O lo que es lo mismo, el CIS acaba de ratificar que a los españoles no nos gusta el estilo empalagoso de Zapatero, ni su forma de buscar problemas donde no existen, pero tampoco las feroces y avinagradas acometidas de Mariano Rajoy y los suyos y su permanente estado de crispación. Que lo que los españoles queremos, dice el CIS, es un Gobierno que gobierne con sentido común y rigor y una oposición que actúe como tal, con toda la contundencia pero sin violencia verbal. Y que lo que ahora mismo tenemos ni nos satisface ni nos sirve. Así que, a reflexionar. A empezar de nuevo, porque a este paso va a ser difícil que alguien se haga merecedor de gobernar. Y, sobre todo, atender a los problemas que más nos afectan y que, por lo visto, no son ninguno de los que tienen entretenida a la clase política. Puede que porque viven en otro país.