El inefable Bono

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

ES MUY PROBABLE, como denuncian medios de comunicación de muy diversa tendencia política e ideológica, que varios aeropuertos españoles hayan sido utilizados por la CIA para trasladar presos clandestinos a los innumerables campos de tortura que EE.?UU. tiene diseminados por el mundo. Es evidente que tales hechos, de confirmarse, no sólo desacreditan política y moralmente al Gobierno que los permite y ampara, sino que impugnan abiertamente los valores en los que se asienta nuestra civilización. No parece, sin embargo, que José Bono comparta estas opiniones. Al contrario, el inefable ministro de Defensa, en vez de investigar los hechos denunciados, como están haciendo Suecia y Noruega, ha optado por matar al mensajero, acusando de antiamericanismo primario a todo aquel que dé pábulo a tan infundados rumores. Claro que Bono no fue capaz ni de disipar las dudas ni de proporcionar seguridad a los ciudadanos; se limitó a negar los hechos en base a la infinita confianza que le merece un país aliado y amigo como EE.?UU. Debo suponer que esa fe ciega que Bono tiene en EE.?UU. deriva del respeto a la verdad y a los derechos humanos que ha caracterizado la trayectoria del actual Gobierno de Washington. En efecto, ¿cómo no confiar plenamente en un Gobierno que justificó una terrible guerra con las más abyectas mentiras? ¿Qué derecho tenemos a suponer que EE.?UU. viola derechos humanos fundamentales por el simple hecho de que su Gobierno practique la tortura en Abu Ghraib y en Guantánamo? ¿Cómo nos atrevemos a cometer la descortesía de sospechar de un gobierno amigo, aunque éste mantenga cárceles secretas y centros de tortura en todo el mundo, incluidos -¡qué vergüenza!- países de la UE? No, señor Bono; la responsabilidad del creciente rechazo a EE.?UU. -lo que usted llama rancio antiamericanismo- recae enteramente en el grupo de fanáticos que hoy dirige la política norteamericana. A ellos exclusivamente hay que pedirles responsabilidades. La prensa democrática, la información libre, la que pone el dedo en lo más doloroso de la llaga, cumple simplemente con su deber social y moral. Y como ministro de Defensa debe saber también que, desde cualquier punto de vista, estos hechos forman parte de esa categoría de actuaciones que denigran moralmente a las personas que las ordenan, a las que las permiten, a las que las ejecutan y a las que, como usted, pretenden encubrirlas. Aunque Bono no lo entienda, el Gobierno está obligado a dar una cumplida y convincente explicación. De lo contrario dará la impresión de que, como el anterior, confunde amistad con sumisión y vasallaje. Y, desde luego, debe tener muy presente que los españoles no estamos dispuestos a mirar para otro lado cuando se violan los derechos humanos a cambio de que el presidente del Gobierno pueda fotografiarse en el rancho tejano de Bush.