EL 18 de noviembre de 1930 se publica La rebelión de las masas , el libro más conocido del filósofo José Ortega y Gasset, muy popular por la expresión «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo a mí», y que figura en el puesto octavo entre los cien mejores libros de no ficción del siglo XX, según una encuesta de National Review . La obra comenzó a publicarse en forma de artículos en 1929 en el diario El Sol, y tres cuartos de siglo después, mantiene su actualidad, vaticinando -y hasta postulando- incluso la creación de la Unión Europea, así como que «Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral alguna». No hay duda de que también ahora «el inmoralismo ha llegado a ser de una baratura extrema y cualquiera alardea de ejercitarlo», tras lo que añade, hace 75 años, que la civilización ha permitido «al hombre medio instalarse en un mundo sobrado del cual percibe sólo la superabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, de Estados previsores, de derechos cómodos. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar esas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción; no advierte lo inestable que es la organización del Estado, y apenas si siente dentro de sí las obligaciones». En 1930 Ortega alertaba de que «asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos», y así «cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café». Para nuestro filósofo, «pretender la masa actuar por sí misma es, pues, rebelarse contra su propio destino, y como eso es lo que hace ahora, hablo de la rebelión de las masas». Precisamente resume la tesis de su ensayo concluyendo que «sufre hoy el mundo una grave desmoralización que entre otros síntomas se manifiesta por una desaforada rebelión de las masas», tras lo que aclara que «por masa no se entiende especialmente al obrero; no designa aquí a una clase social, sino a una clase de modo de ser del hombre que se da hoy en todas las clases sociales, que por lo mismo representa a nuestro tiempo, sobre el cual predomina e impera». Delante de una sola persona -añade- podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo -en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente como todo el mundo y, sin embargo, no se angustia, «se siente a sabor al saberse idéntico a los demás». Así, divide a la humanidad entre minorías selectas, que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las criaturas que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, «boyas que van a la deriva». Para Ortega, «cualquiera impone su vulgar veredicto sobre cualquier tema, aunque no se conozca nada del mismo, y se cree que esta opinión tiene el mismo grado de valía del que se ha tomado la molestia de pensar con detenimiento sobre el asunto. El hombre masa se caracteriza por su narcisismo, que le impide ver más allá de sus propias narices, creyendo que todo el mundo es como él, piensa como él y que el mundo es como él cree que es». Precisamente hace 75 años ya se lamentaba de que «en las generaciones anteriores, la juventud vivía preocupada de la madurez. Admiraba a los mayores, recibía de ellos las normas -en arte, ciencia, política, usos y régimen de vida-, esperaba su aprobación y temía su enojo», quejándose de que «la juventud parece dueña indiscutible de la situación y todos sus movimientos van saturados de dominio», y que, en cambio, «le trae perfectamente sin cuidado lo que piense de ella la madurez; es más: ésta tiene a sus ojos un valor próximo a lo cómico», para concluir que «el hombre y la mujer maduros viven casi azorados, con la vaga impresión de que casi no tienen derecho a existir». Para mayor actualidad, Ortega, diputado por León -circunscripción a la que representaba, hasta la última legislatura, nuestro actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero-, dimite de su puesto en el Congreso descontento con la orientación de la Constitución de 1931 y en especial con la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña en 1932. En fin, aunque no vemos, ni mucho menos, el futuro nada prometedor, todavía nos queda la esperanza de que sea mejor, y así, con Ortega, concluimos que «ni un solo instante se deja descansar a nuestra actividad de decisión. Inclusive cuando desesperados nos abandonamos a lo que quiera venir, hemos decidido no decidir».