Cuando los obispos eran eminencias

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EL GOBIERNO de la nación puede agradecerles a los obispos los millones de euros que le ahorran en las políticas sociales. E incluso puede utilizar los débiles datos manejados días pasados, e indignos de reproducirse, si quiere prorrogar el marasmo financiero de la Iglesia. Lo que no puede suceder es que salga un obispo con la cuentas en la mano y haciendo chantaje, como si la Iglesia tuviese vida al margen de su obra social y como si, en un supuesto de enfriamiento de relaciones, pudiese renunciar a su propia esencia. La Iglesia sólo existe donde hay caridad y amor a Dios. Y aunque el invento es tan bueno que ha resistido las enormes corrupciones que lo acecharon desde su fundación hasta hoy, me temo que no va a salir bien parada de los lamentables ejemplos de relación Iglesia-Estado que hemos generado desde la Guera Civil. La Iglesia no puede quedar asociada, como hizo en tiempos de Franco, a las victorias, a sus crímenes y atropellos, y a las interminables consecuencias morales que producen. Pero más peligroso me parece, por sutil, que, para mantener la apariencia de una soberbia construcción que luce cornisas de oro y cimientos de barro, asuma la función de una ONG que justifica la subvención que servicios eficientes. Y ahí está la clave del problema: mientras una gran cantidad de españoles seguimos creyendo que el ardor apostólico de los obispos está activado por la asignatura de la religión, la autofinanciación, y el cambio del concordato en función de su ardor apostólico, los obispos juegan a puro poder por medio de la educación. Y así se explica que, mientras los defensores del Estado laico estamos tratando de saber dónde tienen callos sus eminencias para no pisárselos, ellos nos los buscan para pisarlos. La LOE que debatimos respeta todo lo que hay que respetar en un Estado democrático y moderno. Pero no garantiza la sopa boba a una Conferencia Episcopal que envejece sin abrirse a la sociedad, y sin buscar recambios de futuro. «El Maestro -piensan- garantiza el suelo de nuestra resistencia». Pero también pudiera suceder que, si en su venida terrena se valió de un látigo para limpiar el templo de David, ¿qué tiene de extraño que escoja al dulce Zapatero para poner fin a 80 años de ignominiosa colaboración entra la Iglesia y las fuerzas reaccionarias? La oportunidad es esta LOE hecha a cara de perro, en la que basta con separar el estricto problema de la educación de las relaciones entre la Iglesia y el Estado para abrir senderos de consenso. Lo que ahora precisamos es que Zapatero actúe como un político en vez de hacerlo como un mago de las palabras . Porque todo lo que se soluciona a medias favorece al que trae inercia.