NACIÓ una niña y ése es el problema. La pequeña infanta Leonor, hija del príncipe don Felipe y de doña Letizia Ortiz, ha llegado a este mundo contra pronóstico. La felicidad con que se recibe el nacimiento de una nueva criatura y, en este caso, la expectación añadida de que naciera un nuevo pedestal de nuestra historia futura, ha producido dos clases de reacciones: la de las buenas gentes, que se han alegrado y felicitado por el deseado nacimiento real, y la de los enterados en cuestiones sucesorias y monárquicas, los bufones de la Corte. Los que ofician de políticos de toda condición y suerte y, cómo no, los fabricantes de opinión que están a la que salta. Para este conglomerado de enterados , el nacimiento de la niña Leonor (lo de doña Leonor me parece, dicho sea con respeto, un tratamiento, por ahora, excesivo) es un nuevo episodio en la encrucijada política de este otoño tan revuelto. Los constitucionalistas, que han surgido como hongos, explican en los periódicos y en las emisoras de radio sus sabios argumentos sobre la hoja de ruta que tiene que cumplirse para que la niña Leonor pudiera ser, en un lejano día, sin impedimentos legales y si el tiempo no lo impide, la reina de España. Para este objetivo, las normas vigentes mandan que se muevan todos los muebles del sistema democrático, con el consiguiente peligro de que en el trajín se rompa el mejor espejo y el valioso jarrón de porcelana de los abuelos. Sin metáforas: el engranaje de la Constitución tiene que abrirse para adaptarlo a los intereses de la primogénita real, y al abrir la caja fuerte de nuestra democracia se corre el peligro de que el insaciable oportunismo de los nacionalistas y sus valedores pudieran utilizar la consulta popular como un plebiscito sobre la Monarquía y el eventual recambio republicano que, por cierto, ya está instalado en el núcleo duro del poder, metiendo, además, en el mismo saco, otras reformas constitucionales más o menos necesarias o convenientes. Es un disparate pensar sensatamente que el nacimiento de una niña, que es el más hermoso espectáculo de la vida -con independencia de la altura de su cuna- sea motivo, motivo morboso, de especulaciones de algunos políticos y tertulianos desaprensivos, que coinciden en una actitud demagógica, oportunista y, para colmo, machista. La pequeña primogénita real ha cometido el inocente error de nacer mujer en un momento de crispación y bronca, por culpa de una butifarra mal cocida que ha llegado al Parlamento español para que se intente hacerla comestible. (Insisto en la metáfora porque creo que es una manera menos desagradable de describir la situación). Dichos los antecedentes penales, de los que el lector ya tiene información más que suficiente, procede asomarse al fondo de la cuestión. Es necesario decir sin ambages que los príncipes se equivocaron. Tenían que haber encargado un niño y no una niña y en ese caso no sería necesario armar tanto jaleo y remover los cimientos de nuestra única norma racional de convivencia. Si hubiera nacido un niño, nadie se atrevería a cuestionar los derechos del futuro heredero real y hasta sería un poderosa garantía para la Monarquía. Además, los oportunistas de toda condición estarían callados. Pero el caso es que nació una niña, una infanta de España que tuvo su primera y feliz intuición: llegar al mundo unos días antes del tenso debate parlamentario del Estatuto catalán que, entre otros problemas, ha supuesto la ruptura del sentido común. Si llega a coincidir, el revolutum hubiera sido surrealista. Menos mal que en este melodrama de la discordia política, el llanto de una niña recién nacida se ha impuesto sobre el griterío y, sobre todo, ha sido y es, sencillamente, una buena noticia... Que buena falta nos hacía.