EL MUNDO tiene algo de cíclico que aturde (¿o sólo aburre?). El presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, dijo algo que ya había dicho el ayatolá Jomeini hace no sé cuántos años: «Hay que borrar a Israel del mapa». La comunidad internacional ha condenado semejante barbaridad, como la condenó cuando la profirió Jomeini. El presidente Bush empieza a tener problemas parecidos a los de Reagan al final de su segundo mandato (y distintos por desgracia a los que tuvo Clinton) y le crecen los enanos en su fatídico circo iraquí. La Unión Europea se ha sacudido el optimismo con el rechazo de la Constitución en Francia y Holanda y ha recuperado el desánimo de sus mejores horas bajas: nada que no hayamos visto en el pasado. Israelíes y palestinos no consiguen entenderse, a pesar de que, una vez más, están ante una gran oportunidad de lograrlo (¿cuántas van ya?). Maragall renuncia a cambiar su Gobierno, después de asegurar que hacerlo es algo de su exclusiva competencia. El Real Madrid ha empezado otra Liga con un gran desembolso económico y unos raquíticos resultados deportivos, pero su entrenador promete ganar el campeonato (¿o sólo aguantar en el puesto como sea?). Y no sigo. Porque también estas listas son cíclicas.