ESCRIBE sobre un cuadro, el cuadro que está en la pared, frente a él. El que pintó su abuelo. Su abuelo siempre con la tos arrugada en el pañuelo. Es una modelo, una mujer de pie, casi desnuda. Su abuela, mientras el artista pintaba, atendía a los hijos. Siempre con una sonrisa maternal en el rostro, amable, obsequiosa, cercana. El abuelo está muerto. Le pegaba con una vara si tocaba la parra con la pelota de jugar al fútbol. -Demonio de niño. Queda el cuadro, su cuadro, en la pared. Los pechos, pequeños, traviesos, dos racimos. Los pezones apuntan cada uno en una dirección. Los brazos caen y sostienen una sábana que tapa lo justo. Los brazos caen entre coquetos y pícaros. El pelo recogido. La línea fina del cuello. Los párpados, cerrados, asienten. ¿Tapan el rubor de los ojos? Las mejillas, exactas, como una fórmula. Queda el arte, un instante. Queda intentar escribir como su abuelo pintaba ante las líneas en blanco de la muerte. Desangrarse en palabras erráticas, dispares. Mira otra vez la mujer del cuadro. Los pechos como racimos. Octubre es un mes de mucho viento. Cuando niño era difícil controlar la pelota en el temporal del recreo. ¿Adónde se van los muertos? (En memoria de Difuntos). cesar.casal@lavoz.es