La Europa de Blair

OPINIÓN

EN SU comparecencia de junio ante el Parlamento Europeo, Tony Blair pronunció un discurso arrolladoramente europeísta («de los europeístas que deben encabezar el cambio») que conmovió a muchos pesimistas, surgidos tras la derrota de la Constitución en los referendos de Francia y Holanda. Sin embargo, nada de eso se repitió anteayer en su nueva comparecencia ante el Parlamento Europeo, en la que se limitó a subrayar que la globalización, más que un peligro, es una oportunidad para la que Europa debe prepararse. La Cámara lo recibió con frialdad. ¿Adónde había ido a parar el entusiasmo de junio? Ayer, en la cumbre de Hampton Court, se escenificó la segunda parte de la obra, con los 25 asumiendo el plan propuesto hace una semana por el presidente de la Comisión, Durão Barroso, para afrontar la globalización, y aceptando, de paso, que este plan sea la base de discusión sobre el modelo europeo. La realidad es que Blair se ha dejado de retóricas más o menos equívocas y ha dejado ver con claridad lo que quiere: una Unión Europea concebida como un espacio común de mercado, sin muchas más complicaciones. Es decir, una UE que deje de fantasear con sus conquistas sociales o su papel en un mundo multipolar y se prepare para atender las nuevas demandas, para ser más competitiva y para redefinir un Estado de bienestar que no debe ser una hipoteca sino un elemento más en la modernización de Europa. Admitido esto, Blair ha fijado las prioridades presupuestarias en las áreas de futuro, seguro de que los países emergentes van a necesitar la tecnología, los servicios financieros y los bienes europeos en general. A esto le llama él «gastar de un modo más racional», dejando entrever que la política agraria común (PAC) es poco racional y debe modificarse cuanto antes, aunque ello disguste tanto a una Francia amedrentada. La defensa del Estado de bienestar y de la financiación de la política migratoria, hecha por Zapatero, ha permitido ver esa otra UE políticamente más ambiciosa. España debería dedicar más tiempo a consolidar ese liderazgo en un momento en que es posible hacerlo. El propio Tony Blair, necesitado de interlocutores sin crisis, lo agradecería.