EN UN MITIN celebrado en Badajoz en febrero del 2004, el candidato del PP a la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, dijo que él no iba a dar caña a sus rivales, como le pedía el público. «Ellos lo hacen mejor que yo: se dan caña a sí mismos mejor que yo a ellos -precisó-. Es en lo único en lo que nos ganan, lo cual no está mal». El pontevedrés daba caña, y lo hacía al tiempo que lo negaba, como su antecesor en la presidencia del partido. «Él mismo [Aznar] advertía en todos sus mítines que no iba a dar caña», escribía un periódico de Madrid en su resumen de la campaña electoral de 1996. Cuando ni amigos ni adversarios niegan el carácter fuertemente cañero de José María Aznar. La frase dar caña y su sinónima meter caña se usan cada vez más en política. En cualquier sector de ésta hay expertos en la materia. En una entrevista publicada en La Voz se le preguntaba a Alfonso Guerra: «¿Le siguen gritando "dales caña, Alfonso"?». «Muchísimo -respondía-. Ahora hay una versión moderna, que es "al cuello, al cuello"». «¿Y a usted le sigue gustando dar caña?». «Bueno, dar caña sale solo», confesaba. Y es que, como pudo leerse en un diario de la Corte, «no es lo mismo que a una tribuna de Andalucía o Extremadura se suba Alfonso Guerra y empiece a darle leña al mono o a dar caña a la oposición, que se suba Cipriá Ciscar». Dar caña es de uso coloquial en sus tres acepciones: 'Provocar o recriminar a alguien'; 'Aumentar la velocidad o la intensidad de algo' (Dale caña al coche o no llegaremos a tiempo), y 'Pegar, golpear, vapulear'. De momento, en contextos políticos se refiere a la primera, pero convendrá que los más apasionados se cuiden de no caer en el tercer sentido en un sentido literal. A su vez, la Academia podría ir introduciendo en el Diccionario las acepciones de cañero derivadas de esta expresión, junto con la más alcohólica: «Es muy cañero, de dar caña y de tomarlas en los bares». hablar.bien@lavoz.es