POR TODAS partes surgen ahora voces críticas, muchas de las cuales estuvieron demasiado tiempo calladas, sobre la Ciudad de la Cultura. Parece que no es ya necesario demostrar que el proyecto era desmesurado, su coste excesivo, su mantenimiento una amenaza en ciernes y que en sí mismo no aporta utilidad alguna más allá de un reclamo turístico innecesario. Además, como el proyecto nació lastrado por la falta de coherencia inicial entre la forma y la función y se quedó en una pretendida operación de márketing que el propio diseñador nunca pensó que llegaría a ser viable. Tampoco el efecto arquitectónico parece que pueda conseguirse. Mi diagnóstico coincide con el de la conselleira: darle un uso adecuado socialmente y rentable económicamente a lo construido y dejar las cosas así. Sólo me queda en el aire una pregunta: ¿qué perderá Santiago sin el macroproyecto? Iré desgranando la respuesta. Desde el punto de vista del atractivo turístico, la pérdida vendría a ser poco significativa, ya que la ciudad compostelana posee uno de los grandes hitos arquitectónicos mundiales y, por si fuera poco, contiene un significado místico y espiritual que casi ningún edificio puede presentar. Si a ello añadimos un centro histórico extraordinario y el prestigio e imagen del Camino, queda claro que la capital gallega no precisa de más atractivos arquitectónicos ni de márketing urbano, ni creo que ninguno otro añadido lograse superar el que la ciudad actual posee. Desde el punto de vista de los servicios que pudiera ofrecer, tampoco parecen necesarios. Ni los congresos, ni los conciertos, ni las demás manifestaciones culturales reclaman más espacio del que ya poseen. Tampoco una biblioteca general es un objetivo necesario. La dotación museística compostelana tampoco precisa aportaciones didácticas sin fondos propios más allá de los existentes; más bien debe mejorar la puesta en valor de los recursos ociosos. Tampoco el modelo de ciudad, ni la funcionalidad urbana, ni el diseño del crecimiento urbanístico se resentirán. En el otro lado de la balanza habría que poner el elevado coste actual y futuro y el efecto negativo de la posible concentración de las actividades culturales gallegas, que generaría un grave perjuicio para otras ciudades, una subutilización de los equipamientos existentes o en construcción y una grave incomodidad para los ciudadanos. Justo lo contrario de lo que debe procurarse para acercar la cultura a todos. Por eso Santiago no sufriría un efecto negativo; con lo actualmente construido ya puede mostrar una obra arquitectónica de vanguardia, si eso es lo que se pretendía, y el ser más grande no añadiría más que desmesura. Y más en un país endeudado como el nuestro, pero rico en valores patrimoniales y culturales conformadores de nuestra propia identidad.