Insolidario Maragall

| JOSÉ M.ª CALLEJA |

OPINIÓN

PASCUAL Maragall va lanzado hacia el récord del abismo: conseguir con sus disparates nacionalistas que el PSOE pierda las elecciones generales y lograr que CiU recupere el poder en Cataluña. Un balance vertiginoso, máxime cuando aún no lleva dos años enteros en el Gobierno. El todavía presidente de la Comunidad Autónoma catalana ha sido presentado por algunos, desde hace años, como el adalid de una nueva forma de hacer política, como alguien original; transversal, se decía. Los que nunca hemos visto clara la componente socialista de Maragall y hemos subrayado su evidente carácter nacionalista, éramos tildados con el catálogo de adjetivos propios de los que se sienten modernos y sacan siempre a colación la necesidad de buscar soluciones imaginativas; saben cómo les digo. Bien. No ha hecho falta una legislatura completa, ni catorce años en el poder, ni 75, como en el caso del PRI mexicano, para comprobar que Maragall es un ejemplo acabado de insolidaridad. Le importa un rábano lo que pase en el resto de España, se le da una higa las consecuencias que para el PSOE pueda traer su carrusel de disparates, le trae al fresco que con sus delirios se pueda romper un sistema de convivencia civilizada, solidaria y armónica que había funcionado razonablemente bien en España en los últimos treinta años. Puesto a afincarse en el delirio, Maragall ha conseguido ser más nacionalista que Pujol, tener menos respeto al resto de españoles que su antecesor y ser aún más antojadizo que el político que puso de moda la desafortunada expresión «hoy no toca», para despejar a córner las preguntas, casi todas, que no le daba la gana de contestar. No sabemos qué piensa Maragall de la inmigración -¡el asunto más importante que hoy tenemos entre manos!-, cómo piensa organizar la convivencia con las decenas de miles de personas venidos de otros países a su comunidad; gentes con religiones, costumbres, lenguas distintas. No sabemos qué piensa de los edificios que se le caen en las zonas socialmente más desfavorecidas; si cree que la culpa es de la ley de la gravedad, aprobada por mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, con sede en Madrid. No sabemos qué piensa hacer para devolver a su comunidad la vitalidad cultural, el atractivo y encanto que históricamente tuvo para el resto de los españoles. Desconocemos todo lo que piensa Maragall de los ciudadanos realmente existentes, de sus problemas evidentes, de sus afanes, de sus carencias, y nos sabemos al dedillo sus ensoñaciones -y las de sus compañeros de tropa- sobre la patria, la identidad, el ombligo y otras ideas brillantes, tan ajenas a tantos ciudadanos. Maragall ha montado un juego de palé en el tapete político catalán, se lo pasa bien con este triquitraque, se pone en la cabeza un gorro de papel con forma de barco invertido y se siente Napoleón invadiendo Rusia. Desde su atalaya nacionalista, Maragall se obceca en pasar a la historia, y a este paso lo va a conseguir, pero ya que va hacia el desastre. Que al menos no se lleve por delante al Gobierno socialista.