SI YA ni Maragall ni Carod creen que el texto del Estatut que ha llegado al Parlamento salga adelante, ¿para qué hemos hecho todo este camino? Si ni los socialistas catalanes, ni los sindicatos, ni los bancos, ni los empresarios ven acertado este proyecto, ¿por qué hemos tenido que llegar hasta aquí? Si a los propios socialistas les produce urticaria, ¿por qué nos hemos pasado los últimos meses despellejándonos? Si las encuestas dicen que la mayoría de los españoles están en contra, ¿quién tuvo el empeño de no detenerse a tiempo? A estas alturas ya no queda en este país ni un gato que esté convencido de que la reforma estatutaria catalana pueda salir adelante, tal y como está. Y por eso resulta difícil de entender por qué se ha perdido el tiempo en discutir, negociar y redactar un texto que en su mayor parte va a ir a parar a la papelera. Y por qué, desde el principio, no trataron de ajustarse a la legalidad y al sentido común, para no tener ahora que dar marcha atrás, con lo que eso molesta siempre. Porque por haber cometido el error de enrocarnos en la negociación de un texto inútil, ahora nos queda la tarea más complicada, que es la de dar una salida a este galimatías. Y hacerlo sin dejar heridas ni secuelas. Nos queda hacer la reforma del Estatut , utilizando la razón, el diálogo y, sobre todo, la Constitución como instrumentos elementales. Y nos queda la nada sencilla labor de no herir ni a los que piensan que Cataluña es una nación ni a los que se amparan en la unidad de España para descalificar cualquier avance en el mapa autonómico. La incógnita es ahora si seremos capaces de tomar el camino acertado. El que conduzca a una reforma del Estatut dentro del marco que nos hemos dado. Y la incógnita es también saber quién montó todo este guirigay que podíamos habernos ahorrado.