CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
06 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EN Centroamérica no necesitan un huracán para morirse. Llega con una tormenta tropical para que las chabolas se desbaraten y los cadáveres hinchados naveguen por torrentes de lodo y pobreza. En Japón hay un terremoto y se desborda el té de una taza. El mismo terremoto en Indonesia es cruel. Guatemala, El Salvador, México y Nicaragua han sufrido la bofetada del agua. Cuentan los muertos a boleo. Las estadísticas son para los ricos. Un escritor decía que la estrechez del mapa del continente americano a la altura de Centroamérica se debía al hambre que pasaban esos países. El eslabón de la cadena siempre rompe por el lado más débil. Los muertos son sobre todo campesinos e indígenas. Ni siquiera los pobres son iguales. Hay clases hasta para sufrir. Hay pobres que malviven y hay miserables que sólo esperan la muerte con la rata del hambre en el estómago. En Galicia sabíamos mucho de lluvia. Pero nada comparable a los cielos que rompen a llover allá como si fuese el día del juicio final. Dice un experto en psiquiatría que en los países pobres hay menos depresiones. Motivo: sólo tienen tiempo para sobrevivir al hambre, a los desastres, a los caciques, a la mirada insomne de la miseria. cesar.casal@lavoz.es