LO PEOR del presidente Zapatero es que a veces produce la impresión de andar a trompicones. O algo peor: que habla demasiado sin pensar lo que dice y sus consecuencias. Y así, con sólo dos ejemplos de una semana se le puede aplicar aquella crítica que Fraga hacía al Gobierno de Felipe González: «Sólo acierta cuando rectifica». Los dos ejemplos de la semana son la españolidad de Ceuta y Melilla y la aplicación del término nación a Cataluña. En ambos casos, la gran matización se produjo ayer, en los ya célebres desayunos informativos de Europa Press . Como el lector recuerda muy bien, el señor presidente guardó un cauto silencio en la rueda de prensa de la cumbre hispano-marroquí sobre la soberanía compartida con Marruecos de las dos ciudades españolas de África. Hizo falta un torrente de críticas en los medios y desde la oposición e hizo falta una manifestación popular, al grito de «Ceuta es España y no se vende», para que el jefe del Ejecutivo dijese ayer que nadie pone en duda la españolidad de Ceuta y Melilla. La aclaración fue necesaria, imprescindible, pero llegó tarde: cuando su silencio previo había llenado de inseguridad y alarma a los habitantes de las dos ciudades, azuzados por sus respectivos equipos de gobierno, que son del Partido Popular. ¿Y qué decir del término nación ? La primera vez que el presidente se pronunció fue en el Senado. Y en aquella ocasión se perdió en divagaciones jurídicas que dejaron el campo abierto a que cualquier comunidad se declarase como tal. El pasado lunes, en Galicia, ya aprobado el Estatuto de Cataluña en el Parlamento autónomo, redujo el alcance de la palabra a un mero simbolismo. Y sólo ayer, también después de un diluvio de críticas y alarma de una buena parte de la sociedad, aseguró que el artículo primero del Estatut («Catalunya es una nació») será reformado con una fórmula transaccional en la que supongo que están trabajando numerosos e ilustres equipos de juristas ligados al poder. ¿Cuál será esa fórmula? Si digo que están trabajando en ella, es que no se sabe. Quizá no lo sepa ni Zapatero. La única sugerencia de la palabra transaccional es que se hará en transacción: a cambio de algo o como fruto de negociación. ¿Se ha dado ya algún paso en ese sentido? Si recordamos que Zapatero anuncia eso después de reunirse con Maragall, debemos pensar que sí. La siguiente pregunta es: ¿a cambio de qué? Como los de Lugo somos mal pensados, pero nos hemos criado entre tratos de ganado, con perdón, apunten este mal pensamiento: los redactores del Estatut han puesto ese hueso de la nación para entretenernos a todos, retirarlo después y sacar a cambio lo que realmente buscan, que es la financiación. Me juego una cena.