Turquía no es tan europea

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

04 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

POR FIN, un miembro de la Unión Europea tiene el valor de vetar la entrada de Turquía en la asociación de naciones de nuestro continente. Austria no ha tenido reparos en manifestar lo que, según las encuestas, es el sentir de más del 70% de la población de países como Francia, Alemania y Holanda, es decir, que no considera que Turquía sea un Estado europeo y, por lo tanto, merezca entrar en condiciones de igualdad en la Unión. Austria, en lugar de ofrecer una adhesión, propone una asociación privilegiada más acorde con la diferente naturaleza de un país asiático, nominalmente laico, pero funcionalmente cada vez más musulmán. Muchas voces se han alzado escandalizadas ante el rechazo austríaco, considerando que este país está presionando a sus compañeros de la Unión para acelerar la incorporación de Croacia, pero pocas han manifestado la hipocresía de los gobiernos europeos a la hora de transmitir a Turquía las reticencias de la población. Por su parte, los turcos, hartos de esperar y sabedores de que las demoras son sólo una estrategia de dilación, amenazan con retirarse definitivamente. Entre tantos tiras y aflojas, los europeos de a pie nos preguntamos hasta qué punto nos conviene que una nación asiática con una pequeña porción de territorio en nuestro continente obtenga los mismos derechos que cualquier otro país de la Unión. Nos preocupa que la supresión de las fronteras facilite una invasión todavía mayor de turcos a la búsqueda de empleo en un momento en el que los niveles de paro son los más elevados de nuestra historia. A la espera de los resultados de las próximas reuniones, la balanza se ha inclinado hacia la incorporación para no irritar a nuestro único aliado en la órbita musulmana, al tiempo que intentan complacer al sector empresarial europeo deseoso de acceder al mercado turco. Más allá de los intereses de la macroeconomía y la política internacional, los europeos seguimos sin saber cómo podrán integrarse en nuestra cultura occidental setenta millones de personas de un país que sigue sin respetar los derechos humanos, consiente de facto los crímenes de honor contra las mujeres y no reconoce la identidad diferenciada de los kurdos que viven en su territorio.