LO SIGNIFICATIVO no ha sido el alud de inmigrantes, lo representativo son las fatalidades. En puridad, las cifras de la avalancha no son importantes; sin embargo los muertos siempre son demasiados. Porque aunque durante los cinco últimos años los flujos de inmigración hacia España han sido de tal intensidad que sólo Alemania nos ha superado, no es menos cierto que las corrientes de subsaharianos tienen poco peso en el conjunto. La inmigración de subsaharianos en la UE no rebasa el cinco por ciento y en España la proporción no llega al cuatro por ciento del total. El lector sabe que el grueso de las migraciones en el África subsahariana se agotan en el interior del continente africano. Son desplazamientos intrarregionales y están protagonizados esencialmente por refugiados. El análisis de lo ocurrido en Ceuta y Melilla es bien distinto. No debe pensarse en los números ni en el lugar, sino en la tendencia. En la circularidad migratoria, cuando se obstruye un camino el flujo se desplaza hacia otra entrada más peligrosa y fatal en sus consecuencias. Los desaparecidos en el mar se cuentan por miles y serán más cuanto más solos estén los que lo intenten. Ocupémonos hoy de la tendencia y de los solos que emigran, porque lo que está configurando nuestro juicio sobre lo ocurrido es la circunstancia y el lugar sin detenernos demasiado en el fondo del asunto que constituye el idioma de los flujos . Hay que reconocer que las medidas activadas hasta ahora han alcanzado una incidencia momentánea a la hora de aminorar las migraciones clandestinas. Cierto es que han tenido efecto sobre las maneras de realizarse. La militarización de una frontera hace variar los canales de acceso y eleva los riesgos y los costes. Pensemos en cientos de hombres que llevan meses y hasta años deambulando por los montes que miran a la valla y que un día deciden el cruce masivo. Son tan pobres en recursos que no pueden acudir a un barquero de oficio, un vendedor de visados o un conductor profesional que los acerque uno a uno al éxito. Además, están solos y tampoco tienen comunidades instaladas en España que les presten su apoyo ni siquiera en forma de coyotes que, pagados por los familiares de aquí o allá, atemperen los riesgos y optimicen el intento. El resultado es que crecen las fatalidades y las calamidades. Las muertes aumentan en los flujos de personas desesperadas, sin recursos monetarios ni redes sociales. Y para que las acciones futuras regulen los flujos hemos de ir a la raíz de la migración y no distraernos con las evidencias anecdóticas. Está comprobado aquí y en las fronteras mortales de todo el mundo que los riesgos no disuaden. Por investigaciones de larga data se sabe que las mafias y los barqueros no motivan a emigrar desde Malí, ni la legislación o la regularización encandila a los candidatos de Ghana o Gambia. No es tanto nuestra capacidad de atraer cuanto los factores que fuerzan a la estampida desde Senegal, Nigeria o Mauritania. La normalización no ha desencadenado estos flujos lejanos que tardan meses en llegar. Tampoco es sensato pensar que la economía española busca saciar su apetito con brazos que proceden del África subsahariana. Es una migración expulsada más que atraída. No son los empresarios españoles ni los intermediarios ni la legislación española lo que los mueve al abismo. Parece claro que las avalanchas de Ceuta y Melilla reflejan un triple fracaso de la política de inmigración seguida hasta ahora. Una falta de alternativas para regular los flujos. Puesto que siguen produciéndose de manera irregular. Unas acciones más atentas a la opinión pública que a las raíces de la emigración y a las conveniencias de los mercados de trabajo. Con cupos rígidos, escasos y de difícil cumplimiento. Un fallo en el control de las fronteras exteriores y un menosprecio de las fuentes de irregularidad que están dentro del país. Piénsese si para regular los flujos a medio plazo no será mas eficiente destinar el dinero que cuesta impermeabilizar las fronteras a reforzar las inspecciones de trabajo o elevar la cuantía de las sanciones a los que contratan esclavos en el siglo XXI. Por último, nos queda la tendencia. Lo que hoy cabe hacer es encajar el acontecimiento de Ceuta y Melilla en la política de inmigración a medio plazo. Se ha desarrollado una regularización para sanear la situación de los inmigrantes que estaban dentro. Ahora toca regular el exterior. Hay que emprender acciones que incidan en esos flujos que proceden de fuera acomodando los diferentes proyectos migratorios con la capacidad de integración. Porque cabe esperar que los flujos de subsaharianos se amplíen en el futuro debido a que mantienen una demografía enérgica y a que crecen las diferencias económicas. En suma, hemos de construir un modelo migratorio de instalación duradera con un pilar de mano de obra temporal y otro pie de personas que se afincan de por vida. Porque si no hay integración no tendremos habitantes, sino extranjeros.