EL lunes se desperezaba con una extraña luz que envolvía la vida. Día de eclipse. Todo sucedió en poco más de una hora, pero fue más que suficiente para que nos quedásemos hibernados. Miradas al cielo. Pasme generalizado. Algún que otro tópico apocalíptico... Todo bastante previsible. Pero, sería por aquella luz rara, que uno llegaba a pensar que tal vez algo podría suceder. Que algo podría cambiar tras la ceguera del mundo. ¿Y qué ocurrió? Entre nada y muy poca cosa. Seguimos igual. Como siempre. Como antes. Ningún influjo físico o astral nos ha hecho variar ni un ápice. El mundo rico sigue levantando muros para no ver a sus semejantes en versión pobre. En pleno 2005, los que mandan se creen que las avalanchas de hambre y desesperación se pueden frenar con madejas de espino. Que resulta posible echar la vista hacia otro lado cuando la miseria se deja la poca ropa que la cubre entre aguijonazos de alambre. Mientras ellos llegan a alimentarse de basura antes de jugárselo todo a un salto, por estos lares todavía hay quien defiende que son una panda de ladrones, vagos e indeseables. No somos ni yo ni usted los que tenemos que dar soluciones a esta marea imparable. Otros cobran por hacerlo. Y cabría esperar de ellos algo más que muros para humanos, palabrería hueca y mucha hipocresía. A puñados. Ni un eclipse basta para borrar la realidad. Aunque esa realidad pueda cambiarse. Quizá para cuando llegue el próximo...