NOS VAMOS quedando sin clásicos en política. La dimisión de Juan María Atutxa como diputado es más que una nota en su biografía. Significa la retirada de la función representativa de un hombre que, como otros que están en situación de despedida, llenó momentos importantes de la reciente historia. En este relevo, a veces generacional y a veces ideológico, Atutxa es una baja más. Será celebrada por muchos dentro y fuera del País Vasco, quizá por su propio partido, el PNV, que pierde de vista en el Parlamento a un militante descontento e incómodo. Si me detengo en su dimisión es porque Juan María Atutxa resume en su persona muchos de los contrasentidos del nacionalismo vasco. Es un hombre que nos ha sorprendido a todos por su viraje descomunal. Como consejero de Interior, fue punta de lanza en la lucha contra el terrorismo de ETA, hasta el punto de ser objetivo en siete atentados. Como presidente del Parlamento, resultó parcial; pero, sobre todo, se convirtió en defensor de la permanencia de los delegados de ETA en esa institución. Arriesgó hasta desobedecer al Tribunal Supremo y tiene, por este motivo, una causa pendiente con la Justicia. Sin embargo, él siempre podrá presumir de que ha sido coherente. En la compleja percepción nacionalista de la lucha armada, se distingue a quien maneja las armas de quien ostenta representación popular. Ibarretxe es como él: también condena los atentados, pero pelea por conseguir -al menos de boquilla- que Batasuna esté presente en todo: Parlamento, ayuntamientos o mesa de partidos. De hecho, tiene a Otegi entre sus interlocutores habituales, para escándalo de quienes no entendemos que se pueda dar así carta de legitimidad a un partido situado fuera de la ley. Lo hacen porque entienden que Batasuna representa a una parte del pueblo vasco, y esa realidad interna no puede ser ocultada por una ley del Estado. Ese es el sentido que Atutxa daba a su negativa disolver el grupo parlamentario. Era una imposición externa a la soberanía de su Parlamento, y se puso a defender esa soberanía bordeando o cometiendo él mismo un delito. No tengo claro si el PNV le permitía o le mandaba. En todo caso, fue la forma de que el plan Ibarretxe saliese de aquel Parlamento manchado de sangre, por los tres votos que ETA-Batasuna le prestó. Ahora, la lección de Atutxa es que esos servicios no se pagan. Si los comunistas de las Tierras Vascas son efectivamente los sucesores de Batasuna, le han pagado forzando al PNV a buscar otro candidato. Y si el PNV lo premia ahora con la consolación de la Fundación Sabino Arana, lo instala en la comodidad, pero ahoga su ambición política. Me temo que Atutxa arrastrará toda su vida una pesada cadena de nostalgia. ?nformación en la página 18