APROBÓ el Parlamento de Cataluña la propuesta de un nuevo Estatuto, no una declaración de guerra de independencia como proclaman algunos voceros. Hace una semana nadie daba un duro por este final y hasta el último minuto el resultado fue imprevisible. Las partes, sometidas al dictado previo de un Consejo Consultivo que tachó todo lo claramente inconstitucional, han sabido conjugar realidad y deseo para obtener una propuesta en consonancia con los tiempos que corren. ¿Significa ello que las Cortes españolas no tengan nada que objetar ni mucho menos el Tribunal Constitucional? En absoluto. Significa que la redacción fue sometida a examen y los expertos, aun con diferencias de interpretación, entregaron su dictamen para que se hicieran las correcciones indicadas. Sabemos que el camino va a ser largo y peliagudo, como lo son todas las negociaciones importantes y democráticas. Por supuesto que con Franco esto no pasaría, pero el dictador murió hace treinta años, aunque sobrevivan algunas sombras de aquel paisaje. Las primeras palabras de Maragall («El Estatut es una propuesta al Gobierno de España, no una imposición») y su mensaje («Escucha, España y seguro que nos entenderemos»), son inequívocamente democráticas, puesto que dejan claro la aceptación de correcciones en Madrid. Lo más importante de este largo camino aún no finalizado, es que a pesar de lamentables escenificaciones que yo misma he denunciado en esta columna, en la última semana hemos asistido a un auténtico ejercicio democrático entre partidos con objetivos bien distintos, al amparo de la discreción, de la congelación de intereses partidistas y del protagonismo de los líderes priorizando el objetivo. Miremos hacia Alemania, donde el viento sopla en este sentido. Nuevas responsabilidades para administrar la nueva confusión global. Que no nos confundan los que disparan contra el nacionalismo separatista catalán, esa religión que tiene sus seguidores pero que no predica la nueva propuesta estatuaria. Maragall apostó por un catalanismo laico en el que importan de verdad los derechos y deberes de cada ciudadano en lugar de patrias figuradas, y Montilla no olvida que lo mejor de ser catalán es ser parte de España. Costará que se entienda, mucho más cuando el vudú sigue activado por esos agoreros que ya piden la disolución de las Cortes pero por la escena catalana corren excelentes remedios contra el mal de ojo. Para empezar, a los que han vinculado a ETA en este negocio, ni agua.