Nacionalismo catalán febril

| JOSÉ M.ª CALLEJA |

OPINIÓN

29 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL CARAJAL del debate sobre el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña refleja un profundo nivel de insolidaridad de los políticos nacionalistas catalanes, incluido Maragall, respecto del resto de los españoles; traduce un desapego de estos políticos de los problemas habituales de los ciudadanos que viven en aquella comunidad autónoma y demuestra hasta qué punto se ha perdido la referencia de lo que debe de ser la gestión cabal de la política, sustituida ahora por un estado febril y desbocado. Casi cinco lustros de gestión nacionalista en Cataluña, liderada por Jordi Pujol, han ido moldeando a una sociedad en la que la identidad nacionalista desplaza a los valores razonables de la solidaridad, la convivencia civilizada entre distintos y el respeto a las opiniones de la minoría, en este caso el PP. Hoy merece menos atención el hecho evidente de que se asalten regularmente las sedes de este partido -cuyos miembros no gozan de la libertad que tienen los nacionalistas, incluido Maragall, para decir lo que les dé la gana en público-, que la cansina, reaccionaria e insaciable agenda del nacionalismo. Después de cuarenta años de dictadura, el nuevo régimen nacionalista ha conseguido que unos ciudadanos denuncien a otros por su falta de adhesión suficiente a los principios del movimiento nacionalista, expresados ahora en el etiquetado de comercios y productos. Maragall ha iniciado una deriva nacionalista a la que no se había atrevido Pujol, pero para la que éste había preparado los caminos. Lo peor de todo es que aunque se alcance el máximo nivel de delirio nacionalista en este nuevo Estatuto, eso no nos va a ahorrar que, un minuto después de que se apruebe el texto más radical que se pueda imaginar, salga el nacionalista de guardia a decir que esto es sólo el principio, que la aspiración del pueblo catalán -¡qué capacidad para hablar siempre en nombre de él!- es crear un Estado, con ejército propio si me apuran, fronteras y afán expansionista en lo tocante a Valencia y Baleares. El caso es que ahora CiU, guiada por la obsesión de que otros no hagan lo que ellos no hicieron, se encampana en su nacionalismo y pone dos huevos duros más, para emular a ERC y al PSC, cada vez más C que S. Eso sí, el consenso de la comunión nacionalista permite que el ataque de laicismo del primer texto se atempere para acoger así en su seno a la muy democristiana CiU y las prerrogativas de sus centros de enseñanza religiosos. Todo este asunto expele tal tufo de régimen nacional-católico que hasta el cura de turno dice que la Virgen de Montserrat está en la pomada y mueve los hilos para que el Estatuto nuevo vaya bien. Lo cual demuestra un nivel de contacto privilegiado con la secretaria de la Virgen, que es la que confeccionará, sin duda, su atareada agenda en aquel territorio. Estas son las consecuencias de lo que algunos entusiastas nos etiquetaron como «una nueva forma de hacer política», «un modelo transversal» y «un proyecto ilusionante». Una vez que se apruebe el texto más extremo que se pueda imaginar, habrá empezado la cuenta atrás de la capitalización del victimismo: el Congreso de los Diputados, salvo que le entre un delirio semejante, dirá que no y ahí tendremos la ansiada foto: Madrid no nos quiere, luego hay que romper del todo con Madrid.